Más allá de los cárteles: la estrategia pendiente del Estado mexicano
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
En las últimas
dos décadas, el fenómeno de la delincuencia organizada en México ha
evolucionado desde estructuras jerárquicas relativamente definidas hacia redes delincuenciales
más fragmentadas, violentas y con una profunda penetración en ámbitos
económicos, sociales y políticos. Diversos diagnósticos coinciden en que el
problema no es únicamente la presencia de cárteles, sino el ecosistema de
impunidad que les permite operar. De acuerdo con el Índice Global de Impunidad
México elaborado por la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), el país
mantiene niveles estructuralmente altos de impunidad, mientras que el Instituto
Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estima que más del 90 % de los
delitos no se denuncian o no se investigan, lo que limita cualquier estrategia
de seguridad basada únicamente en la acción policial.
Al mismo
tiempo, informes de la United Nations Office on Drugs and Crime (UNODC) y
análisis del International Crisis Group señalan que los grupos delincuenciales
mexicanos han diversificado sus actividades: del narcotráfico tradicional hacia
la extorsión, el control territorial, el tráfico de personas y el lavado de
dinero en sectores legales. Este proceso ha convertido a los cárteles en
estructuras híbridas con influencia social, económica y política.
Ante este
panorama, la discusión central no es si México debe “combatir” a los cárteles,
sino cómo diseñar una estrategia realista que reduzca su poder estructural y,
al mismo tiempo, disminuya la impunidad que alimenta su expansión. A partir de
la evidencia disponible y de experiencias internacionales comparables, pueden
identificarse tres posibles rutas estratégicas. La política en materia de
seguridad que la actual administración federal ha marcado entierra, en las
acciones (mas no en el discurso), la aberración de la pasada administración
presidencial de “abrazos y no balazos” que dejó una estela de muertos,
desaparecidos y desplazados sin contar a todos aquellos compañeros de las
fuerzas armadas e instituciones policiales que lamentablemente perdieron la
vida y a los cuales se les debe un merecido reconocimiento por hacer el máximo
sacrificio en aras de un México más seguro.
Estrategia integral contra las
finanzas delincuenciales
Uno de los
principales consensos en la literatura sobre delincuencia organizada es que
seguir el dinero suele ser más efectivo que perseguir únicamente a los
operadores armados. La Financial Action Task Force ha advertido que las redes delincuenciales
sobreviven porque logran integrar ganancias ilícitas en la economía formal
mediante complejas estructuras de lavado de activos.
En México,
diversas investigaciones periodísticas y judiciales han documentado el uso de
empresas fachada, desarrollos inmobiliarios, comercio internacional y sistemas
financieros paralelos para blanquear recursos del narcotráfico. El Servicio de
Administración Tributaria (SAT) y la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF)
han avanzado en el congelamiento de cuentas y la identificación de operaciones
sospechosas, pero los resultados aún son limitados frente al volumen de capital
ilícito que circula en el país.
Una estrategia centrada en las
finanzas delincuenciales implicaría:
- Ampliar las capacidades de inteligencia financiera
- Fortalecer la cooperación internacional en materia
de rastreo de capitales
- Investigar redes empresariales y no sólo células
armadas
- Acelerar los procesos de extinción de dominio
Experiencias
como la lucha contra la mafia italiana muestran que los golpes económicos
sostenidos pueden debilitar estructuralmente a organizaciones delincuenciales,
reduciendo su capacidad operativa incluso sin confrontaciones que conlleven el
uso de la fuerza.
Reconstrucción institucional y
reducción de la impunidad
El segundo
frente estratégico es probablemente el más complejo: la reforma profunda de las
instituciones encargadas de prevenir, investigar y sancionar el delito.
El Índice
Estatal de Desempeño de Procuradurías y Fiscalías, elaborado por México Evalúa,
muestra que muchas fiscalías en el país enfrentan problemas estructurales:
escasez de personal, baja capacidad investigativa, saturación de casos, altos
niveles de corrupción y limitada autonomía frente a presiones políticas (naaaaa
esto si no lo creo).
El resultado
es un sistema donde la probabilidad de castigo es extremadamente baja (por no
decir casi nula). Según datos del INEGI, apenas una fracción mínima de los
delitos denunciados termina en una sentencia condenatoria.
Una estrategia de reconstrucción
institucional requeriría:
- Profesionalizar ministerios públicos e
investigadores
- Fortalecer capacidades forenses y análisis criminal
- Mejorar la coordinación entre policías, fiscalías y
tribunales
- Reducir la corrupción dentro de los sistemas de
justicia
Sin un sistema
de justicia eficaz, cualquier estrategia policial se vuelve limitada (por no
decir estéril). La delincuencia organizada prospera precisamente donde la
probabilidad de castigo es baja y la capacidad estatal de investigación es
débil.
Recuperación territorial y
legitimidad social
El tercer
escenario estratégico tiene que ver con un factor frecuentemente subestimado:
la legitimidad del Estado en los territorios donde operan los cárteles.
Diversos
estudios del Wilson Center y de la Brookings Institution señalan que muchos
grupos delincuenciales han logrado consolidar su presencia no sólo mediante
violencia, sino también mediante mecanismos de control social, provisión de
empleos ilegales y sustitución parcial de funciones del Estado.
En algunas
regiones, la población convive cotidianamente con estructuras delincuenciales porque
las instituciones estatales son débiles (en muchos casos, ausentes), distantes
o percibidas como corruptas.
Por ello, una estrategia de
recuperación territorial implicaría:
- Presencia policial profesional y permanente
- Inversión social en zonas de alta violencia
- Programas de prevención focalizada para jóvenes
- Reconstrucción del tejido comunitario
Experiencias
en ciudades como Medellín o Palermo muestran que la reducción de la violencia delincuencial
requiere simultáneamente seguridad, justicia y desarrollo social.
Entre la confrontación y la
reconstrucción
El debate
público en México suele oscilar entre dos extremos: la militarización total de
la seguridad o la expectativa de soluciones exclusivamente sociales. Sin
embargo, la evidencia internacional sugiere que el desmantelamiento de
organizaciones delincuenciales complejas requiere una estrategia
multidimensional.
En términos
prácticos, el Estado mexicano enfrenta un desafío histórico: reducir la
violencia y la delincuencia sin reproducir ciclos de confrontación que
fragmenten aún más a la delincuencia organizada. La captura o abatimiento
(según sea el caso) de líderes delincuenciales puede tener impacto inmediato,
pero también ha demostrado generar procesos de fragmentación que multiplican
los focos de violencia.
El verdadero
punto de inflexión no depende únicamente de operaciones espectaculares, sino de
la capacidad institucional para investigar, procesar y sancionar de forma
sostenida a las redes delincuenciales y a sus aliados financieros y políticos.
México no
enfrenta únicamente un problema de seguridad. Enfrenta un problema de
gobernanza del Estado frente a la delincuencia organizada.
La diferencia
entre prolongar el ciclo de violencia o comenzar a desmantelar realmente a los
cárteles dependerá de si las políticas policiológicas, criminológicas y públicas
logran pasar de la reacción táctica a la construcción estratégica de
instituciones capaces de reducir la impunidad.
hidalgomontes@gmail.com
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