Semillas de violencia: por qué México debe actuar hoy sobre los huérfanos del crimen
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
En México, la
violencia y la delincuencia no solo deja víctimas directas; produce una
consecuencia menos visible pero potencialmente más peligrosa a mediano y largo
plazo (por lo tanto, pasada por alto): miles de niñas, niños y adolescentes que
han perdido a sus padres como resultado del homicidio, la desaparición o la
actividad de la delincuencia organizada. Este fenómeno, aún insuficientemente
dimensionado en la agenda pública, constituye un factor de riesgo criminógeno
de alta relevancia.
Diversas
estimaciones, como las del Instituto Nacional de Estadística y Geografía
(INEGI) y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública
(SESNSP), confirman que México ha registrado más de 350,000 homicidios en las
últimas dos décadas. Paralelamente, organizaciones como Reinserta y Save the
Children han advertido que decenas de miles de menores han quedado en situación
de orfandad derivada de la violencia y la delincuencia. Este universo
poblacional no solo enfrenta carencias económicas y emocionales, sino también
procesos de socialización marcados por trauma, desestructuración familiar y
exposición a entornos delincuenciales.
Desde la
criminología del desarrollo (particularmente los postulados de Terrie Moffitt y
Robert Sampson) se ha demostrado que la acumulación de factores de riesgo en la
infancia (violencia, abandono, pobreza, ausencia de figuras parentales)
incrementa significativamente la probabilidad de trayectorias delictivas
persistentes. En otras palabras: no atender hoy a estos menores es incubar la
violencia del mañana (y esto será cuento de nunca acabar).
Sin embargo,
México carece de una política pública integral que articule los enfoques criminológico,
policiológico y de bienestar social frente a este fenómeno. La respuesta
institucional ha sido fragmentada, asistencialista y reactiva, sin incorporar
modelos de prevención basada en evidencia como los promovidos por la Oficina de
las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) o el enfoque de “public
health approach to violence” adoptado por la Organización Mundial de la Salud
(OMS).
La orfandad
derivada de la violencia y delincuencia no es solo un tema social: es un
problema de seguridad nacional en gestación. Estos menores suelen enfrentar:
- Deserción escolar y baja movilidad social
- Reclutamiento por grupos delictivos (documentado en
informes de la ONU y Human Rights Watch)
- Normalización de la violencia como mecanismo de
resolución de conflictos
- Débil confianza institucional
La ausencia de
intervención temprana genera lo que en criminología se denomina “ciclo
intergeneracional de la violencia”.
Una política efectiva debería
construirse sobre tres ejes:
- Criminológico (Prevención primaria y secundaria)
Identificación
temprana de menores en riesgo mediante sistemas de inteligencia social y
análisis de datos (ILP aplicado a prevención). Intervenciones focalizadas con
programas de resiliencia, mentoría y acompañamiento psicológico.
- Policiológico (Policía de proximidad y
legitimidad)
Las policías
locales deben convertirse en actores de contención social, no solo reactivos.
Modelos de policía comunitaria (como los documentados por el National Institute
of Justice (NIJ) )han demostrado eficacia en la reducción de factores de riesgo
juvenil.
- Política social (Estado como garante sustituto)
Programas
robustos de apoyo económico, educativo y psicosocial, evitando que la
delincuencia organizada ocupe ese vacío. Experiencias en Colombia y Brasil han
mostrado resultados positivos cuando se integran estas dimensiones.
Si el estado
mexicano continúa en la inacción sobre este tema, México se mantendrá
con una respuesta fragmentada. En 5 a 10 años, se observará un aumento en la
participación juvenil en delitos de alto impacto, particularmente en regiones
con fuerte presencia de la delincuencia organizada. El fenómeno de “niños
soldados” se intensifica.
Sin embargo, si
se articula una estrategia nacional que integra seguridad, desarrollo social y
justicia. Se reducirán significativamente los factores de riesgo y se rompe el
ciclo intergeneracional de la violencia y la delincuencia. Este escenario requerirá
de voluntad política (que a veces brilla por su ausencia), inversión sostenida
(como siempre, el maldito dinero) y evaluación constante (pero parcial, “de a
deveras”).
Los huérfanos
de la violencia y la delincuencia representan una de las variables más críticas
(y desgraciadamente, menos atendidas) en la ecuación de la seguridad en México.
Ignorarlos no solo perpetúa la injusticia social, sino que compromete la
estabilidad futura del país.
La pregunta no
es si debemos intervenir, sino cuánto estamos dispuestos a invertir hoy para
evitar la violencia y delincuencia del México del mañana.
hidalgomontes@gmail.com