Del bosque al clic: tráfico de fauna, impunidad y colapso ecológico que a todos afecta
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
En nuestro
país, la biodiversidad no solo es un patrimonio natural: es un activo
estratégico para la estabilidad ecológica, la economía y la seguridad nacional.
Sin embargo, hoy enfrenta una amenaza silenciosa y en expansión: la venta
ilegal de fauna silvestre a través de internet y el desdén del público en
general que piensa que delincuencia organizada tiene que ver únicamente con
sicarios, balazos y drogas (cosa de películas pues). Sin embargo, nada más
lejos de la realidad, según la Convención de las Naciones Unidas contra la
delincuencia organizada transnacional llevada a cabo en el año 2000 y en vigor
desde el 2003, la delincuencia organizada (para poder ser llamada así) debe
cumplir 4 supuestos (según el Art. 2 de dicho instrumento): 1) Grupo
Estructurado.- No requiere membresía formal o jerarquías elaboradas, pero
debe tener organización; 2) Tres o más personas. Es el número mínimo de
integrantes; 3) Duración en el tiempo.- El grupo debe existir durante
cierto tiempo, no ser ocasional; y 4) Propósito de beneficio material.- Actúa
concertadamente para cometer delitos graves con el fin de obtener beneficios
económicos u otros beneficios de orden material. Por lo que esta
modalidad de comportamiento delincuencial , en muchas ocasiones encaja en
“Delincuencia Organizada"
Lejos de los
mercados tradicionales o del tráfico físico visible de animales, el fenómeno ha
migrado hacia redes sociales, plataformas digitales y foros especializados. De
acuerdo con investigaciones académicas y reportes institucionales, la mayoría
de las transacciones ilegales de especies ya se realiza en entornos digitales,
donde la anonimidad y la baja capacidad de supervisión facilitan el delito.
Este cambio no
es menor. Representa una sofisticación del delito ambiental que lo acerca a las
lógicas de la delincuencia organizada contemporánea: descentralizada,
transnacional y altamente adaptable.
El tráfico
ilegal de fauna y flora no es un delito marginal (mas no por ello desdeñable).
Es de hecho, uno de los mercados ilícitos más grandes del mundo, solo por
debajo del narcotráfico y el tráfico de armas, con un valor estimado de hasta
17 mil millones de dólares anuales (Ah verdad!, ¿qué pensó? ¿3 pesos? Pues no).
México, como
país megadiverso, ocupa un lugar crítico en esta dinámica. Debido a esta
circunstancia se genera una “bendición contradictoria”. Es un paraíso para los
mexicanos que respetan y cuidan la naturaleza, pero también lo es para aquellos
que se aprovechan de ella. Es fuente, tránsito y mercado. Especies como pericos
(las aves, no los vagos desquehacerados de por su cuadra), guacamayas,
reptiles, primates (monos, no es alusión a algún miembro de la familia con
ciertas características) e incluso insectos son capturados, vendidos y
transportados sin control.
Aquí
el problema se agrava por la lógica digital ya que cualquier persona puede
ofertar especies mediante perfiles falsos, la trazabilidad es prácticamente
inexistente y en muchas ocasiones las autoridades carecen del interés o
estructura técnica para poder darle seguimiento; y la demanda internacional de
ciertas especies animales eleva (y mucho) los precios y profesionaliza las
redes.
Incluso
especies en riesgo (como algunos reptiles del género Abronia) son
comercializadas en portales internacionales, poniendo en peligro su
supervivencia y su función ecológica. El impacto del tráfico ilegal de fauna no
se limita a la pérdida de especies. Es un fenómeno con efectos sistémicos que
nos afecta a todos por igual:
a)
Desequilibrio ecológico.- Cada especie
cumple una función específica: control de plagas, polinización, dispersión de
semillas. Su extracción rompe cadenas tróficas (palabra dominguera que expresa
el proceso de transferencia de energía y nutrientes entre los seres vivos a
través de la alimentación en un ecosistema) completas. Por ejemplo, la
desaparición de reptiles insectívoros puede provocar plagas agrícolas,
afectando directamente la producción de alimentos afectando a los seres humanos.
b)
Riesgo para la seguridad alimentaria.- La
alteración de ecosistemas impacta actividades como la pesca y la agricultura.
La sobreexplotación de especies marinas —como la totoaba— afecta no solo la
biodiversidad, sino economías regionales enteras.
c)
Salud pública y zoonosis.- El manejo
ilegal de fauna incrementa el riesgo de enfermedades transmitidas de animales a
humanos, un fenómeno ampliamente documentado en mercados ilegales globales
(recuerden el mega rollo que se tiene con el gusano barrenador).
d)
Fortalecimiento de la delincuencia organizada.-
Este mercado ilícito comparte rutas, estructuras y mecanismos financieros
con otras economías delincuenciales. No es casualidad: es parte de una
diversificación delictiva.
El marco
jurídico mexicano existe. El tráfico de especies está tipificado como delito
federal y puede sancionarse con privación de la libertad. Sin embargo, el
problema no es la norma, sino su implementación.
Las investigaciones señalan tres
debilidades estructurales:
- Insuficiente vigilancia digital
- Limitada capacidad de inteligencia ambiental
- Escasa coordinación con plataformas tecnológicas
Frente a ello, los especialistas
proponen acciones concretas:
1. Ciberpatrullaje ambiental.-
El Estado debe incorporar capacidades tecnológicas (incluyendo ahora
inteligencia artificial) para detectar y desarticular redes en línea.
2. Coordinación
interinstitucional.- PROFEPA, Guardia Nacional, SEMARNAT y fiscalías deben
operar bajo esquemas de inteligencia compartida.
3. Alianzas con empresas
tecnológicas.- Es indispensable establecer convenios con plataformas
digitales para bloquear, rastrear y eliminar contenido ilegal.
4. Investigación delictiva
avanzada.- El tráfico de fauna debe abordarse como delincuencia organizada,
no como una infracción ambiental menor.
La venta
ilegal de fauna silvestre en internet no es un fenómeno aislado ni menor, es
una amenaza multidimensional: ambiental, económica, sanitaria y de seguridad. México
enfrenta un punto de inflexión: “o fortalece su capacidad institucional para
combatir este delito en su nueva dimensión digital, o permitirá que su
biodiversidad (uno de sus mayores activos estratégicos) se diluya en el mercado
clandestino global”. Estamos frente a un delito que evoluciona más rápido que
las instituciones de prevención del delito y procuración de justicia. Y en ese
desfase, la naturaleza (y la sociedad) están pagando el costo.
hidalgomontes@gmail.com