¿Más armas, más seguridad? El debate que México ya no puede seguir evitando
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Durante
décadas, en México la discusión sobre la portación de armas de fuego ha sido
casi un tema tabú. Cada vez que alguien la pone sobre la mesa, el debate se
polariza de inmediato, las alarmas se encienden y todo mundo empieza a correr
como gallina sin cabeza: unos hablan del derecho legítimo de defenderse; otros
advierten que sería el principio de una espiral de violencia aún mayor. La
reciente postura del polémico empresario (y algunas veces polarizante) Ricardo
Salinas Pliego (Alias “Tío Richie”), quien ha insinuado públicamente
aspiraciones presidenciales y ha manifestado que, de llegar a la Presidencia,
impulsaría una reforma para ampliar la portación legal de armas, volvió a
colocar el tema en la conversación nacional.
Más allá de
simpatías o antipatías hacia el empresario (y al personaje “Tío Richie”), la
propuesta merece un análisis serio. Porque hablar de armas no es hablar
únicamente de pistolas; es hablar del modelo de Estado que queremos construir.
México no
parte de una hoja en blanco. La Constitución reconoce (aunque usted no lo crea),
en su artículo 10, el derecho de los ciudadanos a poseer armas en su domicilio
para su legítima defensa, mientras que la Ley Federal de Armas de Fuego y
Explosivos establece un régimen altamente restrictivo para la portación fuera
del hogar. En otras palabras, la posesión ya es legal bajo determinadas
condiciones; lo extraordinario sigue siendo portar un arma en espacios
públicos. Esa diferencia jurídica suele perderse en el debate político.
Los argumentos
de quienes apoyan flexibilizar la legislación parecen sencillos. Si los
delincuentes ya están armados (dicen), resulta injusto que los ciudadanos
honestos permanezcan indefensos. En un país donde millones de personas han sido
víctimas de delitos patrimoniales, extorsiones, secuestros o ataques violentos,
esa idea encuentra un terreno fértil. La percepción de abandono institucional
genera que muchos comiencen a considerar la autodefensa como una alternativa.
Además sería infantil pretender que el 100% del tráfico ilegal de armas van
exclusivamente a grupos delincuenciales. La verdad es (aunque no se quiera ver
y/o aceptar) es que muchos sectores de la sociedad civil se está armando para tratar de alguna forma, estar
más seguros (aunque en muchos casos sea solo a través de la percepción de
seguridad que da la posesión de un arma de fuego).
Sin embargo,
las políticas públicas no pueden diseñarse únicamente con base en percepciones.
Deben construirse sobre evidencia. El problema es que evidencia es lo que
sobra, en lo personal se me hace incoherente hacer campañas de
“despistolización” cuando, como ya se expresó hace unas líneas, es un derecho
constitucional.
Los estudios
internacionales muestran un panorama mucho más complejo. En Estados Unidos,
donde la disponibilidad de armas es significativamente mayor que en cualquier
otro país desarrollado, existe abundante literatura académica que asocia una
mayor presencia de armas con incrementos en homicidios por arma de fuego,
suicidios y accidentes domésticos, aunque el efecto sobre ciertos delitos
patrimoniales es mucho más discutido. La evidencia está lejos de ser uniforme y
continúa siendo objeto de intenso debate entre investigadores. Organismos como
los “Centers for Disease Control and Prevention” y la “RAND Corporation”
coinciden en que muchas preguntas siguen sin respuestas concluyentes debido a
la complejidad del fenómeno y estadísticas del Departamento de Justicia
muestran que hay un descenso significativo de delitos en estados de la unión
americana que no tienen regulaciones complejas a comparación de los estados más
restrictivos como California o Nueva York.
El problema es
que México tampoco puede compararse mecánicamente con Estados Unidos. Nuestro
país enfrenta condiciones muy distintas: presencia de organizaciones delincuenciales
altamente armadas, corrupción institucional en distintos niveles, tráfico
ilícito permanente de armas desde las fronteras norte y sur, impunidad elevada
y capacidades policiales profundamente desiguales entre municipios, estados y
federación.
En ese
contexto, ampliar la portación legal implicaría resolver primero preguntas
fundamentales. ¿Cómo reeducar a la sociedad sobre este tópico? ¿Quién evaluaría
psicológicamente a los solicitantes? ¿Cada cuánto tiempo? ¿Qué estándares de
capacitación serían obligatorios? ¿Quién supervisaría el almacenamiento seguro?
¿Cómo se evitaría que permisos legales terminaran alimentando el mercado ilegal
mediante robos o ventas clandestinas? ¿Qué ocurriría en conflictos familiares,
riñas vecinales o incidentes de tránsito donde hoy predominan los insultos (y
uno que otro derechazo) y mañana podrían intervenir armas de fuego? (¡ojo! que
a falta de arma de fuego salen a relucir los filos y puntas).
La experiencia
comparada demuestra que la legislación sobre armas nunca funciona de manera
aislada. Depende de un ecosistema institucional compuesto por controles
administrativos, sistemas de licencias confiables, evaluaciones médicas, bases
de datos interoperables, capacitación permanente, supervisión policial y un
sistema judicial capaz de sancionar abusos con rapidez. Sin ese entramado,
cualquier reforma corre el riesgo de convertirse en una medida simbólica más
que efectiva.
Existe además
un aspecto pocas veces mencionado: la cultura del uso de la fuerza. Portar un
arma exige mucho más que saber disparar. Requiere comprender principios de
proporcionalidad, legítima defensa, manejo de crisis, control emocional y toma
de decisiones bajo estrés. Son competencias que incluso representan un desafío
para policías profesionales después de meses de formación continua. Pensar que
bastaría entregar permisos a ciudadanos sin desarrollar una cultura nacional
sobre el uso responsable de la fuerza sería, cuando menos…optimista.
Tampoco debe
ignorarse el impacto político del debate. Las propuestas relacionadas con armas
suelen generar enorme atención mediática porque apelan a una emoción primaria:
el miedo. En sociedades golpeadas por la violencia, prometer que los ciudadanos
podrán defenderse resulta un mensaje poderoso. Pero una política pública no
puede evaluarse por su capacidad para generar aplausos (aunque en nuestro país
esto suele ser bastante debatible) , sino por su capacidad para reducir la
violencia de manera medible.
Eso obliga a
formular una pregunta incómoda como polvo “pica pica” en los calzones es: ¿el
problema central de México es que los ciudadanos tienen pocas armas o que el
Estado no ha logrado garantizar seguridad, investigación criminal eficaz y
acceso a la justicia? Porque si el diagnóstico es equivocado, también lo será
la solución.
La verdadera
discusión no debería reducirse a un "sí" o un "no" a la
portación. Debería girar en torno a qué condiciones institucionales necesita
México para que cualquier decisión (sea mantener el modelo actual o modificarlo)
contribuya realmente a disminuir la violencia.
Las armas
pueden cambiar el equilibrio de fuerzas en un enfrentamiento individual. Lo que
difícilmente pueden sustituir son policías profesionales, fiscalías técnicas, análisis
criminal, controles fronterizos eficaces y tribunales capaces de sancionar con
oportunidad. La seguridad ciudadana nunca ha dependido exclusivamente del
calibre de un arma. Históricamente ha dependido mucho más de la fortaleza de
las instituciones que la regulan. Ahora, yo se que usted no me preguntó,
peeeeeeeeeero lo mejor sería mejorar el andamiaje legal de las fiscalías y
policías y ser menos restrictivos para las armas de fuego.
¿Por qué?
Prohibirlas es inútil, porque las prohíbes a los ciudadanos no a los
delincuentes, éstos se dedican a (¿a que cree?)…delinquir, si no las consiguen
de forma legal lo harán como lo han hecho desde hace décadas, ilegalmente y la
ciudadanía comienza a exigir cambios de paradigmas.
hidalgomontes@gmail.com