martes, 12 de mayo de 2026

 Cuando la política captura la seguridad

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

La seguridad ciudadana en una democracia no puede depender de ciclos electorales, lealtades partidistas ni cálculos políticos de corto plazo que pueden dar pie a tratos delincuenciales (¡cof, cof!). Cuando eso ocurre, el Estado comienza a perder una de sus capacidades esenciales: garantizar justicia imparcial y seguridad ciudadana. Hoy, lamentablemente ya quedó demostrado que nuestro querido México enfrenta, desde hace  mucho tiempo, esa amenaza.

Los últimos meses han estado marcados por acusaciones de probables vínculos entre actores políticos y organizaciones delincuenciales, tensiones diplomáticas en materia de seguridad y cuestionamientos públicos sobre la autonomía real de las instituciones encargadas de investigar y perseguir delitos. El caso del gobernador de Sinaloa y las recientes declaraciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre futuras acusaciones contra políticos mexicanos por probables nexos con organizaciones delincuenciales han colocado nuevamente sobre la mesa un tema incómodo pero inevitable (y en algunos casos, innegable): la infiltración delincuencial en estructuras políticas e institucionales.

Este grave problema ya no es únicamente delincuencial, es profundamente democrático. Cuando las instituciones de seguridad y procuración de justicia se subordinan a intereses políticos, el combate a la delincuencia pierde continuidad, credibilidad y eficacia (y en México somos expertos para descubrir el hilo negro cada cambio de administración). Las prioridades cambian cada seis años, los mandos se reemplazan por afinidades políticas y no por capacidades técnicas, y las investigaciones pueden terminar condicionadas por conveniencias electorales o pactos de poder.

La seguridad ciudadana requiere exactamente lo contrario: estabilidad institucional, profesionalización permanente y autonomía operativa (que la neta, la neta, en la historia reciente de nuestro México nunca se ha tenido). Llevamos años hablando de depuración policial, profesionalización y fortalecimiento institucional. Sin embargo, en muchos casos, las instituciones siguen atrapadas en dinámicas de improvisación administrativa y dependencia política. El propio marco jurídico mexicano reconoce la importancia del Servicio Profesional de Carrera Policial como un sistema obligatorio y permanente basado en mérito, profesionalización, permanencia y evaluación (pero rara vez se aplica).

Desgraciadamente, la realidad suele ser distinta. Cada cambio de administración (no importa el orden de gobierno) implica frecuentemente la sustitución masiva de mandos, la interrupción de proyectos institucionales y, en ocasiones, la llegada de perfiles cuya principal credencial no es técnica sino política. Esto genera un mensaje devastador hacia las instituciones: la lealtad política pesa más que la capacidad profesional.

El resultado es predecible. Policías debilitadas, instituciones vulnerables a la corrupción y espacios fértiles para la infiltración delincuencial.

La delincuencia organizada entiende perfectamente esta fragilidad institucional. Diversos estudios académicos han advertido cómo las organizaciones delincuenciales buscan capturar gobiernos locales, influir en procesos electorales y construir redes de protección política para garantizar impunidad. En otras palabras: no buscan solamente controlar territorios; buscan influir en el poder público.

Por ello, separar la agenda política de la agenda de seguridad no es un lujo técnico. Es una necesidad de supervivencia democrática. Esto implica, primero, consolidar verdaderos servicios civiles de carrera policial y ministerial. Ascensos basados en mérito, evaluaciones permanentes (según el grado de mando), estabilidad laboral condicionada al desempeño y esquemas sólidos de control interno pueden reducir la dependencia política de las instituciones.

Segundo, implica fortalecer la autonomía real de las fiscalías. Y la palabra clave es “real”, porque la autonomía constitucional no sirve de mucho si los nombramientos, presupuestos o decisiones estratégicas continúan sujetos a presiones políticas. Una fiscalía dependiente del poder político difícilmente investigará corrupción política con profundidad. Y una fiscalía incapaz de investigar redes políticas de protección delincuencial termina dejando intacto el verdadero corazón financiero y operativo de las organizaciones delictivas.

El desafío es enorme porque México enfrenta simultáneamente presión internacional, expansión de la delincuencia organizada y desgaste institucional. Las recientes tensiones con Estados Unidos sobre “narcopolítica” reflejan precisamente esa preocupación internacional sobre la penetración delincuencial (y negarlo sería infantil) en estructuras de gobierno.

Sin embargo, el problema no puede resolverse únicamente con operativos o despliegues de fuerza. La experiencia internacional demuestra que los países que lograron fortalecer su seguridad ciudadana construyeron instituciones técnicas relativamente blindadas frente a la coyuntura política.

Colombia, por ejemplo, profesionalizó unidades especializadas. Italia fortaleció fiscalías antimafia con autonomía operativa. España consolidó estructuras policiales permanentes altamente profesionalizadas. Ninguno de esos modelos es perfecto, pero todos entendieron algo fundamental: la seguridad del Estado no puede administrarse como propaganda política.

Ahora bien, México necesita llegar a esa conclusión antes de que sea demasiado tarde. Porque cuando las instituciones encargadas de proteger a la ciudadanía comienzan a contaminarse por intereses políticos o delincuenciales, el problema deja de ser únicamente de seguridad. Se convierte en una amenaza directa para la salud democrática del país.

Y las democracias no suelen colapsar de golpe. Se erosionan lentamente, institución por institución. Ahora, la reflexión es: ¿necesitamos más tiempo para darnos cuenta de que estamos en el hoyo? ¿necesitamos más tiempo para pasar de los dichos a los hechos? ¿Cuántas pérdidas humanas, sociales y económicas necesitamos para reconocer que estamos mal?

hidalgomontes@gmail.com






 

lunes, 27 de abril de 2026

 Seguridad, movilidad y territorio: el talón de Aquiles en México en el Mundial de Fútbol.

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

México no enfrenta únicamente la organización de partidos de fútbol rumbo al Mundial de Fútbol de 2026. En realidad, se enfrenta a una de las pruebas más complejas de gobernanza territorial, seguridad ciudadana e infraestructura urbana de su historia reciente.

El error más común (y más peligroso) es pensar que el reto está concentrado en tres ciudades: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Esa visión es, en el mejor de los casos, reduccionista. En el peor, es una vulnerabilidad estratégica.

Un evento masivo no es solo una concentración de personas. Desde la perspectiva normativa mexicana, implica impactos directos en movilidad, seguridad vial, servicios públicos y protección civil. La legislación ya lo reconoce: los planes para eventos de alta afluencia deben incluir diagnósticos de impacto, rutas alternas, coordinación interinstitucional y evaluación posterior obligatoria (pero la neta, la neta, en muchas comunidades no se ha tomado con seriedad).

Esto significa que cada partido del Mundial no es un evento aislado, sino un detonador de múltiples subsistemas: transporte, salud, seguridad, turismo, economía informal y hasta ciberseguridad. Las estimaciones oficiales apuntan a la llegada de más de 5.5 millones de visitantes extras al país durante el evento. Esa cifra, por sí sola, redefine la escala del desafío ya que en México aún no llegamos al estándar de 1.8 policías por millar de población (así que imagínese).

Seguridad: entre lo visible y lo invisible

El componente de seguridad será altamente visible: despliegues de miles de elementos policiales, uso de drones, zonas de seguridad perimetral y vigilancia tecnológica. De hecho, el gobierno mexicano ya contempla la movilización de decenas de miles de elementos y equipamiento especializado para proteger sedes y zonas turísticas. Pero, a pesar de lo que podría pensarse, los riesgos más críticos no siempre están dentro de los estadios.

Eventos recientes lo evidencian. El ataque armado en Teotihuacán (un sitio turístico, no un estadio) expuso fallas en controles de acceso, monitoreo y prevención. La reacción institucional fue inmediata: reforzamiento de revisiones, despliegue de Guardia Nacional y rediseño de protocolos (pero como siempre, ya ahogado el niño, tapado el pozo).

El mensaje de este lamentable hecho es contundente: la amenaza no distingue entre infraestructura deportiva y espacios turísticos.

Existe otro problema que se ha visto con la seriedad necesaria y es la Infraestructura urbana, el cuello de botella donde como se dice coloquialmente “es donde la puerca torció el rabo” Aquí es donde el problema se vuelve estructural.

La infraestructura urbana en México (especialmente fuera de las grandes ciudades) no está diseñada para soportar picos masivos de demanda. Y el Mundial no solo atraerá visitantes a estadios, sino a destinos cercanos:

·    Pueblos mágicos.

·    Zonas arqueológicas.

·    Playas y corredores turísticos.

·    Ciudades intermedias sin planeación de alta densidad.

Estos territorios no cuentan, en muchos casos, con:

·    Sistemas de transporte masivo robustos.

·    Instituciones policiales sólidas con elementos suficientes.

·    Planes de evacuación funcionales.

·    Capacidad hospitalaria suficiente y en condiciones mínimas de funcionamiento.

·    Protocolos de gestión de multitudes (en muchos lados ni saben que es ni con qué se come).

La normativa exige planes especiales de movilidad, pero la realidad operativa es desigual entre municipios. El Mundial generará un fenómeno conocido en seguridad como “dispersión de presión”: cuando un punto principal (la sede) expulsa flujos hacia zonas periféricas.

Ejemplo práctico (para explicarme mejor):

Un partido en Ciudad de México no solo impacta el Estadio Azteca, sino:

·    Rutas carreteras hacia Puebla, Querétaro, Toluca.

·    Hoteles en ciudades cercanas.

·    Sitios turísticos como Cholula o Teotihuacán.

·    Aeropuertos alternos (¡por fin podría usarse el AIFA!, no se emocione dije “podría”).

En este contexto, la seguridad se vuelve regional, no local.

Además, ya se han identificado efectos colaterales como incremento de precios, presión inmobiliaria y gentrificación (la invasión de hordas de Santi´s y Ana Sofi´s) en zonas sede, lo que desplaza población y tensiona el tejido social.

La organización de eventos masivos de esta magnitud exige alineación con estándares internacionales como:

·      FIFA Human Rights Policy, que obliga a identificar y mitigar impactos sociales y de derechos humanos.

·      Protocolos de gestión de emergencias similares a la NFPA 3000, orientados a incidentes de violencia activa.

·      Modelos de comando unificado e interoperabilidad interinstitucional.

Sin embargo, la evidencia reciente sugiere que la implementación aún es desigual. El mayor riesgo no es un evento catastrófico dentro de un estadio. El mayor riesgo es la suma de múltiples fallas pequeñas en territorios no preparados:

·    Saturación de vías secundarias.

·    Tiempos de respuesta policial extendidos.

·    Fallas en comunicación interinstitucional.

·    Turismo sin regulación efectiva.

·    Eventos paralelos sin control de aforo.

Y, cada vez más relevante: la dimensión digital. La infraestructura tecnológica de eventos masivos es altamente vulnerable a ciberataques que pueden generar caos operativo, desinformación o interrupciones críticas

En un escenario óptimo (coordinación efectiva) debería existir integración real de los tres órdenes de gobierno, protocolos homologados y fortalecimiento de infraestructura periférica. El Mundial deja capacidades instaladas.

Sin embargo, en un escenario crítico (fallas sistémicas) Eventos simultáneos en zonas no preparadas generan crisis de movilidad, seguridad o salud pública, afectando la imagen internacional del país.

México no será evaluado únicamente por lo que ocurra dentro de sus estadios, sino por lo que suceda en sus calles, carreteras, pueblos y zonas turísticas. Porque en los eventos masivos modernos, la seguridad ya no es un perímetro…es un ecosistema. A final de cuentas, aunque solo seamos una de tres sedes, el Mundial es de todo México y la preparación, también tiene que serlo.

 

hidalgomontes@gmail.com





 

viernes, 24 de abril de 2026

Del bosque al clic: tráfico de fauna, impunidad y colapso ecológico que a todos afecta

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

En nuestro país, la biodiversidad no solo es un patrimonio natural: es un activo estratégico para la estabilidad ecológica, la economía y la seguridad nacional. Sin embargo, hoy enfrenta una amenaza silenciosa y en expansión: la venta ilegal de fauna silvestre a través de internet y el desdén del público en general que piensa que delincuencia organizada tiene que ver únicamente con sicarios, balazos y drogas (cosa de películas pues). Sin embargo, nada más lejos de la realidad, según la Convención de las Naciones Unidas contra la delincuencia organizada transnacional llevada a cabo en el año 2000 y en vigor desde el 2003, la delincuencia organizada (para poder ser llamada así) debe cumplir 4 supuestos (según el Art. 2 de dicho instrumento): 1) Grupo Estructurado.- No requiere membresía formal o jerarquías elaboradas, pero debe tener organización; 2) Tres o más personas. Es el número mínimo de integrantes; 3) Duración en el tiempo.- El grupo debe existir durante cierto tiempo, no ser ocasional; y 4) Propósito de beneficio material.- Actúa concertadamente para cometer delitos graves con el fin de obtener beneficios económicos u otros beneficios de orden material. Por lo que esta modalidad de comportamiento delincuencial , en muchas ocasiones encaja en “Delincuencia Organizada"

Lejos de los mercados tradicionales o del tráfico físico visible de animales, el fenómeno ha migrado hacia redes sociales, plataformas digitales y foros especializados. De acuerdo con investigaciones académicas y reportes institucionales, la mayoría de las transacciones ilegales de especies ya se realiza en entornos digitales, donde la anonimidad y la baja capacidad de supervisión facilitan el delito.

Este cambio no es menor. Representa una sofisticación del delito ambiental que lo acerca a las lógicas de la delincuencia organizada contemporánea: descentralizada, transnacional y altamente adaptable.

El tráfico ilegal de fauna y flora no es un delito marginal (mas no por ello desdeñable). Es de hecho, uno de los mercados ilícitos más grandes del mundo, solo por debajo del narcotráfico y el tráfico de armas, con un valor estimado de hasta 17 mil millones de dólares anuales (Ah verdad!, ¿qué pensó? ¿3 pesos? Pues no).

México, como país megadiverso, ocupa un lugar crítico en esta dinámica. Debido a esta circunstancia se genera una “bendición contradictoria”. Es un paraíso para los mexicanos que respetan y cuidan la naturaleza, pero también lo es para aquellos que se aprovechan de ella. Es fuente, tránsito y mercado. Especies como pericos (las aves, no los vagos desquehacerados de por su cuadra), guacamayas, reptiles, primates (monos, no es alusión a algún miembro de la familia con ciertas características) e incluso insectos son capturados, vendidos y transportados sin control.

Aquí el problema se agrava por la lógica digital ya que cualquier persona puede ofertar especies mediante perfiles falsos, la trazabilidad es prácticamente inexistente y en muchas ocasiones las autoridades carecen del interés o estructura técnica para poder darle seguimiento; y la demanda internacional de ciertas especies animales eleva (y mucho) los precios y profesionaliza las redes.

Incluso especies en riesgo (como algunos reptiles del género Abronia) son comercializadas en portales internacionales, poniendo en peligro su supervivencia y su función ecológica. El impacto del tráfico ilegal de fauna no se limita a la pérdida de especies. Es un fenómeno con efectos sistémicos que nos afecta a todos por igual:

a)         Desequilibrio ecológico.- Cada especie cumple una función específica: control de plagas, polinización, dispersión de semillas. Su extracción rompe cadenas tróficas (palabra dominguera que expresa el proceso de transferencia de energía y nutrientes entre los seres vivos a través de la alimentación en un ecosistema) completas. Por ejemplo, la desaparición de reptiles insectívoros puede provocar plagas agrícolas, afectando directamente la producción de alimentos afectando a los seres humanos.

 

b)        Riesgo para la seguridad alimentaria.- La alteración de ecosistemas impacta actividades como la pesca y la agricultura. La sobreexplotación de especies marinas —como la totoaba— afecta no solo la biodiversidad, sino economías regionales enteras.

 

c)         Salud pública y zoonosis.- El manejo ilegal de fauna incrementa el riesgo de enfermedades transmitidas de animales a humanos, un fenómeno ampliamente documentado en mercados ilegales globales (recuerden el mega rollo que se tiene con el gusano barrenador).

 

d)        Fortalecimiento de la delincuencia organizada.- Este mercado ilícito comparte rutas, estructuras y mecanismos financieros con otras economías delincuenciales. No es casualidad: es parte de una diversificación delictiva.

El marco jurídico mexicano existe. El tráfico de especies está tipificado como delito federal y puede sancionarse con privación de la libertad. Sin embargo, el problema no es la norma, sino su implementación.

Las investigaciones señalan tres debilidades estructurales:

  • Insuficiente vigilancia digital
  • Limitada capacidad de inteligencia ambiental
  • Escasa coordinación con plataformas tecnológicas

Frente a ello, los especialistas proponen acciones concretas:

1. Ciberpatrullaje ambiental.- El Estado debe incorporar capacidades tecnológicas (incluyendo ahora inteligencia artificial) para detectar y desarticular redes en línea.

2. Coordinación interinstitucional.- PROFEPA, Guardia Nacional, SEMARNAT y fiscalías deben operar bajo esquemas de inteligencia compartida.

3. Alianzas con empresas tecnológicas.- Es indispensable establecer convenios con plataformas digitales para bloquear, rastrear y eliminar contenido ilegal.

4. Investigación delictiva avanzada.- El tráfico de fauna debe abordarse como delincuencia organizada, no como una infracción ambiental menor.

La venta ilegal de fauna silvestre en internet no es un fenómeno aislado ni menor, es una amenaza multidimensional: ambiental, económica, sanitaria y de seguridad. México enfrenta un punto de inflexión: “o fortalece su capacidad institucional para combatir este delito en su nueva dimensión digital, o permitirá que su biodiversidad (uno de sus mayores activos estratégicos) se diluya en el mercado clandestino global”. Estamos frente a un delito que evoluciona más rápido que las instituciones de prevención del delito y procuración de justicia. Y en ese desfase, la naturaleza (y la sociedad) están pagando el costo.


hidalgomontes@gmail.com





 

miércoles, 1 de abril de 2026

Cuando la violencia entra al aula: México frente al desafío urgente de prevenir tiradores activos

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

La escena es perturbadora por su simbolismo: un adolescente de 15 años, armado con un fusil de plataforma AR-15, irrumpe en su propia escuela en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y priva de la vida a dos maestras que intentaban impedirle el paso. Minutos antes, había anticipado el ataque en redes sociales. No fue un impulso; fue un acto premeditado.

El hecho, el pasado 24 de marzo de este 2026, no solo conmocionó a una comunidad educativa. Encendió una alerta nacional: México ya no está exento del fenómeno de los tiradores activos, históricamente asociado a Estados Unidos, pero cada vez más visible en nuestro país. Estados como Nuevo León, Chihuahua, Baja California Jalisco, CDMX, EDOMEX, entre otros han tenido lamentables casos similares

Aunque los tiroteos escolares siguen siendo relativamente raros en México, los eventos violentos en entornos educativos han aumentado en frecuencia y gravedad. Casos recientes (desde agresiones con armas punzo cortantes hasta homicidios dentro de planteles) evidencian una transformación del riesgo.

El caso de Michoacán introduce elementos particularmente preocupantes desde la criminología:

  • Premeditación digital: el agresor anunció su intención en redes sociales.
  • Radicalización ideológica: vínculos con comunidades “incel” y discursos de odio.
  • Acceso a armas de alto poder: uso de un fusil de plataforma AR-15, de calibre exclusivo de las fuerzas armadas y/o instituciones policiales.
  • Efecto imitador (“copycat”): patrones similares a eventos internacionales.

Estos factores configuran lo que en criminología contemporánea se denomina violencia híbrida juvenil, donde convergen salud mental, entornos digitales, cultura de violencia y delincuencia, así como fallas institucionales (para no perder la costumbre).

México ha desarrollado capacidades relevantes para enfrentar la violencia y delincuencia organizada, pero no ha evolucionado al mismo ritmo en materia de prevención de violencia escolar compleja.

El enfoque sigue siendo reactivo: presencia policial posterior al evento, investigación penal y, en el caso de menores, sanciones limitadas (como el máximo de tres años de internamiento que enfrentaría el agresor).

Pero el problema no es solo jurídico. Es sistémico.

Desde una perspectiva criminológica y policiológica, la prevención de tiradores activos exige una estrategia multinivel:

1. Prevención temprana (nivel social y educativo)

  • Sistemas de detección de riesgo conductual en escuelas (aislamiento, violencia previa, amenazas).
  • Protocolos obligatorios de atención psicológica.
  • Monitoreo responsable de amenazas en redes sociales.

Este caso es paradigmático: hubo señales previas que no detonaron una intervención eficaz.

2. Contención institucional (nivel escolar)

  • Protocolos de Active Shooter Response” adaptados al contexto mexicano.
  • Simulacros no invasivos pero serios y funcionales.
  • Sistemas de control de acceso y evaluación de riesgos (sin caer en violaciones de derechos humanos mal diseñadas, como ocurrió con programas cuestionados tipo “Mochila Segura”).

3. Capacidad policial especializada

Aquí se encuentra uno de los mayores vacíos.

Las instituciones policiales en México no están estandarizadas en:

  • Protocolos tácticos de intervención en tiradores activos
  • Coordinación inmediata con escuelas
  • Respuesta en primeros minutos (critical incident response)

La diferencia entre vida y muerte en estos eventos se mide en minutos. En el caso de Michoacán, el ataque duró aproximadamente diez minutos.

Ese intervalo es crítico.

Si no se actúa, México podría experimentar un aumento progresivo de eventos de tiradores activos, replicando patrones internacionales, especialmente influenciados por entornos digitales.

El Estado debe articular una política pública integral que combine:

  • Identificación de problemas de salud mental en las comunidades escolares de alumnos y maestros (hay uno que otro que si le hace falta)
  • Inteligencia preventiva
  • Protocolos escolares
  • Capacitación policial especializada

Estas medidas no eliminan el riesgo, pero lo reduce significativamente y evita su expansión.

Lo ocurrido en Michoacán no debe analizarse como un hecho aislado ni como una anomalía. Es un síntoma. Un síntoma de una generación expuesta a violencia estructural, a entornos digitales sin regulación efectiva y a instituciones que aún no han adaptado sus modelos preventivos. La pregunta no es si México enfrentará más casos de este tipo.
La pregunta es si estará preparado cuando ocurran.


hidalgomontes@gmail.com






 

 

lunes, 16 de marzo de 2026

 Semillas de violencia: por qué México debe actuar hoy sobre los huérfanos del crimen

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

En México, la violencia y la delincuencia no solo deja víctimas directas; produce una consecuencia menos visible pero potencialmente más peligrosa a mediano y largo plazo (por lo tanto, pasada por alto): miles de niñas, niños y adolescentes que han perdido a sus padres como resultado del homicidio, la desaparición o la actividad de la delincuencia organizada. Este fenómeno, aún insuficientemente dimensionado en la agenda pública, constituye un factor de riesgo criminógeno de alta relevancia.

Diversas estimaciones, como las del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), confirman que México ha registrado más de 350,000 homicidios en las últimas dos décadas. Paralelamente, organizaciones como Reinserta y Save the Children han advertido que decenas de miles de menores han quedado en situación de orfandad derivada de la violencia y la delincuencia. Este universo poblacional no solo enfrenta carencias económicas y emocionales, sino también procesos de socialización marcados por trauma, desestructuración familiar y exposición a entornos delincuenciales.

Desde la criminología del desarrollo (particularmente los postulados de Terrie Moffitt y Robert Sampson) se ha demostrado que la acumulación de factores de riesgo en la infancia (violencia, abandono, pobreza, ausencia de figuras parentales) incrementa significativamente la probabilidad de trayectorias delictivas persistentes. En otras palabras: no atender hoy a estos menores es incubar la violencia del mañana (y esto será cuento de nunca acabar).

Sin embargo, México carece de una política pública integral que articule los enfoques criminológico, policiológico y de bienestar social frente a este fenómeno. La respuesta institucional ha sido fragmentada, asistencialista y reactiva, sin incorporar modelos de prevención basada en evidencia como los promovidos por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) o el enfoque de “public health approach to violence” adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La orfandad derivada de la violencia y delincuencia no es solo un tema social: es un problema de seguridad nacional en gestación. Estos menores suelen enfrentar:

  • Deserción escolar y baja movilidad social
  • Reclutamiento por grupos delictivos (documentado en informes de la ONU y Human Rights Watch)
  • Normalización de la violencia como mecanismo de resolución de conflictos
  • Débil confianza institucional

La ausencia de intervención temprana genera lo que en criminología se denomina “ciclo intergeneracional de la violencia”.

Una política efectiva debería construirse sobre tres ejes:

  1. Criminológico (Prevención primaria y secundaria)

Identificación temprana de menores en riesgo mediante sistemas de inteligencia social y análisis de datos (ILP aplicado a prevención). Intervenciones focalizadas con programas de resiliencia, mentoría y acompañamiento psicológico.

  1. Policiológico (Policía de proximidad y legitimidad)

Las policías locales deben convertirse en actores de contención social, no solo reactivos. Modelos de policía comunitaria (como los documentados por el National Institute of Justice (NIJ) )han demostrado eficacia en la reducción de factores de riesgo juvenil.

  1. Política social (Estado como garante sustituto)

Programas robustos de apoyo económico, educativo y psicosocial, evitando que la delincuencia organizada ocupe ese vacío. Experiencias en Colombia y Brasil han mostrado resultados positivos cuando se integran estas dimensiones.

Si el estado mexicano continúa en la inacción sobre este tema, México se mantendrá con una respuesta fragmentada. En 5 a 10 años, se observará un aumento en la participación juvenil en delitos de alto impacto, particularmente en regiones con fuerte presencia de la delincuencia organizada. El fenómeno de “niños soldados” se intensifica.

Sin embargo, si se articula una estrategia nacional que integra seguridad, desarrollo social y justicia. Se reducirán significativamente los factores de riesgo y se rompe el ciclo intergeneracional de la violencia y la delincuencia. Este escenario requerirá de voluntad política (que a veces brilla por su ausencia), inversión sostenida (como siempre, el maldito dinero) y evaluación constante (pero parcial, “de a deveras”).

Los huérfanos de la violencia y la delincuencia representan una de las variables más críticas (y desgraciadamente, menos atendidas) en la ecuación de la seguridad en México. Ignorarlos no solo perpetúa la injusticia social, sino que compromete la estabilidad futura del país.

La pregunta no es si debemos intervenir, sino cuánto estamos dispuestos a invertir hoy para evitar la violencia y delincuencia del México del mañana.


hidalgomontes@gmail.com




lunes, 9 de marzo de 2026

 Más allá de los cárteles: la estrategia pendiente del Estado mexicano

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

En las últimas dos décadas, el fenómeno de la delincuencia organizada en México ha evolucionado desde estructuras jerárquicas relativamente definidas hacia redes delincuenciales más fragmentadas, violentas y con una profunda penetración en ámbitos económicos, sociales y políticos. Diversos diagnósticos coinciden en que el problema no es únicamente la presencia de cárteles, sino el ecosistema de impunidad que les permite operar. De acuerdo con el Índice Global de Impunidad México elaborado por la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP), el país mantiene niveles estructuralmente altos de impunidad, mientras que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) estima que más del 90 % de los delitos no se denuncian o no se investigan, lo que limita cualquier estrategia de seguridad basada únicamente en la acción policial.

Al mismo tiempo, informes de la United Nations Office on Drugs and Crime (UNODC) y análisis del International Crisis Group señalan que los grupos delincuenciales mexicanos han diversificado sus actividades: del narcotráfico tradicional hacia la extorsión, el control territorial, el tráfico de personas y el lavado de dinero en sectores legales. Este proceso ha convertido a los cárteles en estructuras híbridas con influencia social, económica y política.

Ante este panorama, la discusión central no es si México debe “combatir” a los cárteles, sino cómo diseñar una estrategia realista que reduzca su poder estructural y, al mismo tiempo, disminuya la impunidad que alimenta su expansión. A partir de la evidencia disponible y de experiencias internacionales comparables, pueden identificarse tres posibles rutas estratégicas. La política en materia de seguridad que la actual administración federal ha marcado entierra, en las acciones (mas no en el discurso), la aberración de la pasada administración presidencial de “abrazos y no balazos” que dejó una estela de muertos, desaparecidos y desplazados sin contar a todos aquellos compañeros de las fuerzas armadas e instituciones policiales que lamentablemente perdieron la vida y a los cuales se les debe un merecido reconocimiento por hacer el máximo sacrificio en aras de un México más seguro.

Estrategia integral contra las finanzas delincuenciales

Uno de los principales consensos en la literatura sobre delincuencia organizada es que seguir el dinero suele ser más efectivo que perseguir únicamente a los operadores armados. La Financial Action Task Force ha advertido que las redes delincuenciales sobreviven porque logran integrar ganancias ilícitas en la economía formal mediante complejas estructuras de lavado de activos.

En México, diversas investigaciones periodísticas y judiciales han documentado el uso de empresas fachada, desarrollos inmobiliarios, comercio internacional y sistemas financieros paralelos para blanquear recursos del narcotráfico. El Servicio de Administración Tributaria (SAT) y la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) han avanzado en el congelamiento de cuentas y la identificación de operaciones sospechosas, pero los resultados aún son limitados frente al volumen de capital ilícito que circula en el país.

Una estrategia centrada en las finanzas delincuenciales implicaría:

  • Ampliar las capacidades de inteligencia financiera
  • Fortalecer la cooperación internacional en materia de rastreo de capitales
  • Investigar redes empresariales y no sólo células armadas
  • Acelerar los procesos de extinción de dominio

Experiencias como la lucha contra la mafia italiana muestran que los golpes económicos sostenidos pueden debilitar estructuralmente a organizaciones delincuenciales, reduciendo su capacidad operativa incluso sin confrontaciones que conlleven el uso de la fuerza.

Reconstrucción institucional y reducción de la impunidad

El segundo frente estratégico es probablemente el más complejo: la reforma profunda de las instituciones encargadas de prevenir, investigar y sancionar el delito.

El Índice Estatal de Desempeño de Procuradurías y Fiscalías, elaborado por México Evalúa, muestra que muchas fiscalías en el país enfrentan problemas estructurales: escasez de personal, baja capacidad investigativa, saturación de casos, altos niveles de corrupción y limitada autonomía frente a presiones políticas (naaaaa esto si no lo creo).

El resultado es un sistema donde la probabilidad de castigo es extremadamente baja (por no decir casi nula). Según datos del INEGI, apenas una fracción mínima de los delitos denunciados termina en una sentencia condenatoria.

Una estrategia de reconstrucción institucional requeriría:

  • Profesionalizar ministerios públicos e investigadores
  • Fortalecer capacidades forenses y análisis criminal
  • Mejorar la coordinación entre policías, fiscalías y tribunales
  • Reducir la corrupción dentro de los sistemas de justicia

Sin un sistema de justicia eficaz, cualquier estrategia policial se vuelve limitada (por no decir estéril). La delincuencia organizada prospera precisamente donde la probabilidad de castigo es baja y la capacidad estatal de investigación es débil.

Recuperación territorial y legitimidad social

El tercer escenario estratégico tiene que ver con un factor frecuentemente subestimado: la legitimidad del Estado en los territorios donde operan los cárteles.

Diversos estudios del Wilson Center y de la Brookings Institution señalan que muchos grupos delincuenciales han logrado consolidar su presencia no sólo mediante violencia, sino también mediante mecanismos de control social, provisión de empleos ilegales y sustitución parcial de funciones del Estado.

En algunas regiones, la población convive cotidianamente con estructuras delincuenciales porque las instituciones estatales son débiles (en muchos casos, ausentes), distantes o percibidas como corruptas.

Por ello, una estrategia de recuperación territorial implicaría:

  • Presencia policial profesional y permanente
  • Inversión social en zonas de alta violencia
  • Programas de prevención focalizada para jóvenes
  • Reconstrucción del tejido comunitario

Experiencias en ciudades como Medellín o Palermo muestran que la reducción de la violencia delincuencial requiere simultáneamente seguridad, justicia y desarrollo social.

Entre la confrontación y la reconstrucción

El debate público en México suele oscilar entre dos extremos: la militarización total de la seguridad o la expectativa de soluciones exclusivamente sociales. Sin embargo, la evidencia internacional sugiere que el desmantelamiento de organizaciones delincuenciales complejas requiere una estrategia multidimensional.

En términos prácticos, el Estado mexicano enfrenta un desafío histórico: reducir la violencia y la delincuencia sin reproducir ciclos de confrontación que fragmenten aún más a la delincuencia organizada. La captura o abatimiento (según sea el caso) de líderes delincuenciales puede tener impacto inmediato, pero también ha demostrado generar procesos de fragmentación que multiplican los focos de violencia.

El verdadero punto de inflexión no depende únicamente de operaciones espectaculares, sino de la capacidad institucional para investigar, procesar y sancionar de forma sostenida a las redes delincuenciales y a sus aliados financieros y políticos.

México no enfrenta únicamente un problema de seguridad. Enfrenta un problema de gobernanza del Estado frente a la delincuencia organizada.

La diferencia entre prolongar el ciclo de violencia o comenzar a desmantelar realmente a los cárteles dependerá de si las políticas policiológicas, criminológicas y públicas logran pasar de la reacción táctica a la construcción estratégica de instituciones capaces de reducir la impunidad.

hidalgomontes@gmail.com





domingo, 1 de marzo de 2026

 Delito, Dinero y Poder

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 


¡Si ya se, ya se! El nombre seleccionado en esta ocasión parece de novela noventera en horario estelar. Sin embargo, revela la complejidad de las investigaciones contra la Delincuencia Organizada. El reciente operativo llevado de manera conjunta entre el Estado Mexicano y la administración del presidente Trump en Tapalpa, Jalisco donde resultó abatido Nemesio Oceguera Cervantes “El Mencho” quien fuera líder y fundador del Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) más allá de ser punto final a una de las organizaciones más violentas del hemisferio occidental, se vuelve tan solo la punta del iceberg. La delincuencia organizada en este hemisferio no es un fenómeno lineal. Es un sistema adaptativo que opera en múltiples capas y que, si se investiga únicamente desde el delito visible (el cargamento de droga asegurado, el laboratorio desmantelado o la célula detenida, según sea el caso), se termina combatiendo el síntoma y no la estructura. Diversos organismos internacionales han documentado que las economías ilícitas prosperan cuando convergen tres dimensiones: mercado criminal, lavado de activos y captura o tolerancia política. Si las investigaciones no son tridimensionales, el desmantelamiento es parcial.

 

Primera dimensión: el delito primigenio y su red de corrupción operativa

 

El narcotráfico (por utilizar el ejemplo más documentado) es una economía transnacional que integra producción, tránsito, distribución y reinversión. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) ha sostenido en sus Informes Mundiales sobre Drogas que los mercados de cocaína y metanfetaminas funcionan mediante cadenas logísticas altamente especializadas, con nodos de transporte, financiamiento y protección institucional (UNODC, World Drug Report 2023–2024).

 

La primera dimensión de investigación debe abarcar no sólo la conducta típica (tráfico, producción o posesión con fines de comercio) sino las redes de facilitación pública que permiten su operación. La Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional obliga a los Estados Parte a tipificar la participación en grupos delictivos organizados y a perseguir la corrupción asociada.

 

Asimismo, la Convención Interamericana contra la Corrupción de la Organización de los Estados Americanos reconoce que la corrupción pública es un facilitador directo del crimen organizado. En términos prácticos, investigar narcotráfico sin investigar policías, aduanas, autoridades portuarias o funcionarios regulatorios vinculados es dejar intacta la infraestructura de protección criminal.

 

Segunda dimensión: el lavado de activos y la responsabilidad empresarial

 

El dinero ilícito no puede permanecer indefinidamente en efectivo. Debe integrarse al sistema financiero o a la economía formal y para ello los grupos delincuenciales necesitan a empresarios para poder generar las Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita (ORPI´s) necesarias para blanquear el capital fruto de la actividad ilegal de la organización delincuencial. El Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) ha documentado que el lavado de activos se articula en tres fases clásicas: colocación, estratificación e integración.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han estimado que el lavado de dinero puede representar entre 2% y 5% del PIB mundial (IMF, 1998). Este volumen no se sostiene sin intermediarios: empresas fachada, desarrolladores inmobiliarios, importadoras/exportadoras, despachos contables y, en ocasiones, instituciones financieras que incumplen debidamente los estándares de debida diligencia.

 

La Convención de Palermo (celebrada en el año 2000 y entrada en vigor en el 2003) y las 40 Recomendaciones del GAFI obligan a los Estados a imponer responsabilidades a personas jurídicas y a fortalecer unidades de inteligencia financiera. Sin esta segunda dimensión, la investigación penal se agota en el operador logístico y deja intacto al beneficiario económico. Perseguir únicamente el cargamento, sin desmantelar la arquitectura financiera, es permitir la resiliencia del grupo criminal.

 

Es decir, cortar la cabeza de la “Hydra”, gracias a la estructura empresarial de los grupos de delincuencia organizada, permite que, si la cabeza es cercenada, se tenga una rápida recuperación. Sin embargo, si de forma paralela a la investigación del delinto en sí, se congelan los activos con los cuales la organización realiza todas sus actividades (delincuenciales y logísticas) la estructura muere ya que es la “sangre y el corazón del monstruo”.

 

Tercera dimensión: la red política de impunidad y el andamiaje normativo permisivo

 

La tercera dimensión es la más incómoda (y la que menos se toca): la política. Transparencia Internacional ha documentado de forma sistemática la correlación entre altos niveles de corrupción y penetración del crimen organizado (Índice de Percepción de la Corrupción, ediciones recientes).

 

Cuando redes criminales financian campañas, influyen en nombramientos de procuración de justicia o promueven reformas regulatorias favorables a determinados sectores económicos opacos, o generan el andamiaje legal necesario para poder facilitar el lavado de activos, así como las ORPI´s el problema deja de ser exclusivamente penal y se convierte en estructural. La captura del Estado (concepto desarrollado por el Banco Mundial) describe precisamente este fenómeno: actores privados que moldean leyes y políticas en su beneficio.

 

En este punto, la investigación tridimensional implica revisar financiamiento político, conflictos de interés, reformas regulatorias atípicas y patrones de impunidad selectiva. Sin esta tercera capa, el sistema reproduce el ciclo: delito–lavado–protección política.

 

La delincuencia organizada no es solo una red de sicarios ni un flujo de droga; es un ecosistema económico y político. Las normas internacionales vigentes (Convención de Palermo, Convención Interamericana contra la Corrupción y estándares del GAFI) ya establecen la obligación de abordarlo de manera integral.

 

La pregunta no es si sabemos qué hacer. La pregunta es si existe la voluntad institucional para investigar en tres dimensiones simultáneamente: delito, dinero y poder. Sin esa tridimensionalidad, cualquier victoria será táctica; nunca estratégica.

 


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