Armas por fentanilo: el crimen mexicano empieza a jugar en otra liga
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Durante
décadas se describió buena parte del problema delincuencial entre México y
Estados Unidos con una ecuación bastante sencilla: las drogas suben y las armas
bajan. No era una frase hecha. La Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y
Explosivos norteamericana (ATF) ha documentado sistemáticamente el tráfico de armas
de fuego desde Estados Unidos hacia México y el papel de la frontera suroeste
dentro de esas redes. Este un fenómeno real, vigente y que continúa siendo uno
de los puntos más delicados de la relación bilateral.
Pero algo
acaba de ocurrir que obliga a ampliar el mapa. El pasado 11 de agosto, el
Departamento de Justicia estadounidense hizo pública una acusación contra
cuatro mexicanos probablemente vinculados con el Cártel Jalisco Nueva
Generación (CJNG). Hasta ahí podría parecer otro expediente relacionado con
narcotráfico, sin embargo, lejos dista de serlo.
Según los
fiscales estadounidenses, Edgar Alejandro López Velasco, Noé Díaz Jiménez,
Leobardo Gaxiola López y José Miguel Alvarado Morales probablemente
participaron en una operación para obtener armamento procedente de la República
Checa destinado a México. Dos de los acusados, ya fueron extraditados a Estados
Unidos y los otros permanecen sujetos a procesos de extradición. Como
corresponde jurídicamente señalar, reiteramos que estamos hablando de una
acusación: los imputados conservan la presunción de inocencia mientras los
hechos no sean probados ante un tribunal.
Lo
verdaderamente preocupante está en los detalles. La acusación sostiene que los
involucrados negociaron ametralladoras, lanzagranadas propulsados por cohete,
morteros, municiones y otros pertrechos. Según el Departamento de Justicia, las
armas serían utilizadas contra organizaciones rivales, civiles y miembros de
las fuerzas policiales y militares mexicanas.
Peeeeeeeero en
este tema, todavía falta la parte más interesante de la historia, el pago (“el
cochino dinero que todo lo corrompe” dijese una tía amargada que tengo) Los
probables operadores habrían ofrecido fentanilo y metanfetamina destinados al
mercado estadounidense como contraprestación por las armas. Ahí cambia todo, es
en este pequeño detalle donde “la puerca tuerce el rabo”. Ya no tenemos
únicamente el conocido circuito Estados Unidos-México. Tenemos una operación
que conecta a México, Estados Unidos y Europa dentro de una misma cadena delincuencial:
drogas mexicanas destinadas al mercado estadounidense utilizadas como moneda
para conseguir armamento europeo que eventualmente terminaría nuevamente en
México.
Eso es mucho
más que narcotráfico, es una muestra de cómo algunas organizaciones delincuenciales
mexicanas están aprendiendo a funcionar como redes transnacionales
diversificadas. Durante años se cometió el error de imaginar a los cárteles
como organizaciones dedicadas esencialmente a transportar drogas. Pero el CJNG,
al igual que otras estructuras delincuenciales, hace tiempo dejó atrás ese
modelo.
En julio, el
mismo Departamento del Tesoro sancionó a más de 50 personas y entidades
mexicanas vinculadas con la organización, en lo que describió como la mayor
acción emprendida hasta ese momento contra el CJNG.
La imagen del
narcotraficante tradicional comienza a quedar vieja…estereotipada. Hoy estamos
frente a estructuras con proveedores, intermediarios financieros, empresas,
operadores logísticos, mercados internacionales y capacidad para diversificar
actividades ilegales.
Y ahora
aparece otro elemento: proveedores internacionales de armamento, esto plantea
tres problemas para México:
1) El
geográfico. Durante años nuestra discusión sobre armas se concentró,
justificadamente, en Estados Unidos. El problema continúa ahí. Pero el caso
europeo demuestra algo bastante elemental sobre cualquier mercado ilícito:
cuando existe demanda, aparecen proveedores alternativos. Si las autoridades
estadounidenses consiguieran reducir significativamente el tráfico ilegal de
armas hacia México, eso no significa necesariamente que las organizaciones delincuenciales
dejarían de buscarlas, buscarían en otro lugar y aparentemente algunas ya
comenzaron a hacerlo (es herramienta de trabajo y a eso se dedican…a delinquir).
2) El
económico. La operación descrita por los fiscales estadounidenses plantea
un mecanismo particularmente interesante: utilizar drogas como moneda de
cambio. Tradicionalmente imaginamos el negocio del narcotráfico mediante dos
secuencias sencillas: a) droga, venta, dinero, lavado y reinversión ó b)
drogas, armas y violencia.
3) El
armamento. No estamos hablando exclusivamente de pistolas o rifles
adquiridos mediante prestanombres. Estamos hablando, de acuerdo con la
acusación estadounidense, de ametralladoras, morteros y lanzagranadas. Eso no
convierte automáticamente a un cártel en un ejército ni significa que tenga
capacidades equivalentes a las Fuerzas Armadas. Exagerarlo sería irresponsable.
Pero sí muestra el interés de determinadas estructuras delincuenciales por
aumentar cualitativamente su capacidad de fuego. Y eso debería preocupar
especialmente a nuestras policías en México (que sufren por la cantidad y
calidad del equipo de trabajo).
Mientras
algunas organizaciones delincuenciales diversifican ingresos, internacionalizan
proveedores, incorporan drones y buscan armamento cada vez más sofisticado,
buena parte de nuestras policías municipales continúa enfrentando problemas
elementales: bajos salarios, poca o nula seguridad social, rotación de
personal, equipamiento insuficiente, escasa capacidad de investigación y
profesionalización desigual.
Es innegable
que la delincuencia se globaliza. Muchas policías siguen siendo estrictamente
locales. Ahí tenemos un problema de seguridad ciudadana que tarde o temprano
termina convirtiéndose en uno de seguridad nacional. El caso hoy descrito también
deja otra enseñanza: ningún país puede investigar solo una organización que
opera de esta manera.
La
investigación involucró a la DEA, FBI, ATF, Homeland Security Investigations,
Coast Guard Investigative Service, autoridades de República Checa, INTERPOL y,
por México, a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y la Secretaría
de Marina, entre otras instituciones. Eso es cooperación internacional aplicada
a una amenaza transnacional.
En los últimos
meses (y recordado toooooodos los días) hemos discutido demasiado sobre
soberanía, terrorismo, intervención y presión estadounidense. Son debates
legítimos y necesarios (vicisitudes de la globalización). Pero hay una realidad
mucho menos ideológica: si una investigación comienza en México, continúa en
República Checa, involucra drogas destinadas a Estados Unidos y utiliza redes
internacionales de armas, ningún gobierno tiene por sí solo todas las piezas del
rompecabezas.
Compartir
inteligencia deja entonces de ser una concesión diplomática, se convierte en
una necesidad operativa. También deberíamos revisar el lenguaje que utilizamos,
seguimos llamando “cárteles” a organizaciones que participan simultáneamente en
narcotráfico, extorsión, robo de combustible, lavado de dinero, fraude y otras
economías ilícitas, mientras desarrollan conexiones internacionales para
adquirir bienes y servicios ilegales. Quizá el concepto comienza a quedarse
corto. Estamos frente a “redes criminales transnacionales multipropósito”. Y
perseguirlas requiere algo diferente a capturar al jefe.
Las
organizaciones sobreviven mientras sobrevivan sus redes. Por eso necesitamos
investigar proveedores, intermediarios, empresas fachadas, operadores
financieros, comunicaciones, rutas, cadenas logísticas y vínculos
institucionales.
La pregunta correcta ya no
debería ser solamente quién dirige al cártel. Debería ser: ¿qué necesita esa
organización para seguir funcionando y quién se lo proporciona?
Tal vez el
expediente de República Checa termine siendo simplemente una operación
frustrada o quizá dentro de algunos años lo recordemos como una advertencia
temprana del momento en que dejamos de hablar exclusivamente de cárteles
mexicanos y comenzamos a comprender que algunas de estas organizaciones estaban
intentando convertirse en redes delincuenciales verdaderamente globales.
La pregunta es si nuestras
instituciones aprenderán a la misma velocidad.
hidalgomontes@gmail.com