Cuando la lista de organizaciones terroristas extranjeras mexicanas crece, también crece el riesgo para los políticos
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Durante años,
la discusión sobre los cárteles mexicanos estuvo concentrada en los
enfrentamientos armados, el tráfico de drogas, las cifras de homicidios o la
cantidad de abrazos que las autoridades podían darles a los miembros de estos
grupos delincuenciales (lo último es sarcasmo). Sin embargo, el escenario ha cambiado
de manera importante, nuestro vecino del norte decidió ampliar el número de
organizaciones delincuenciales mexicanas consideradas organizaciones
terroristas extranjeras (Foreign Terrorist Organizations, FTO). La reciente
incorporación del Cártel de Juárez y Los Viagras elevó a ocho los grupos
mexicanos con esa designación, además de otras organizaciones delincuenciales
latinoamericanas incluidas en el mismo esquema jurídico.
Más allá del
número, lo verdaderamente relevante es el mensaje político y jurídico que envía
Washington. La estrategia estadounidense dejó de centrarse exclusivamente en
perseguir cargamentos de droga o detener capos. Ahora el objetivo es
reconstruir ecosistemas completos de colaboración: operadores financieros,
empresas fachada, prestanombres, redes de lavado de dinero, proveedores
logísticos y cualquier persona física o moral que pueda ser considerada como
apoyo material a una organización designada.
Este cambio modifica por completo
las reglas del juego (en este juego, como en un reality show muy famoso hace
más de una década “aquí…las reglas cambian”). Durante décadas, la corrupción
política relacionada con el crimen organizado fue vista principalmente como un
problema interno de México. Hoy comienza a adquirir una dimensión
internacional. Si una autoridad estadounidense lograra acreditar que un funcionario,
un alcalde, un gobernador, un legislador o incluso un dirigente partidista
colaboró deliberadamente con una organización catalogada como terrorista, las
consecuencias jurídicas y diplomáticas serían radicalmente distintas a las que
existían hace apenas unos años. Las herramientas legales disponibles para
investigar, sancionar y congelar activos son considerablemente más amplias bajo
el marco de las designaciones FTO y las sanciones financieras asociadas. Y es
aquí donde, cómo dicen en mi rancho, la puerca torció el rabo…
Conviene hacer
una precisión indispensable. La existencia de una designación no significa, por
sí misma, que exista evidencia contra la clase política mexicana ni permite
asumir responsabilidades individuales. En un Estado de derecho, cualquier
acusación debe sustentarse con pruebas suficientes (que aquí los gabachos son
especialistas) y respetar el debido proceso (en esto no tanto). Lo que sí
cambia es el nivel de exposición y el alcance de las investigaciones cuando
existen indicios verificables.
En este
contexto, la clase política mexicana (de todooooodos los movimientos y/o
partidos políticos) enfrenta quizá uno de los periodos de mayor vulnerabilidad
de las últimas décadas.
Ya no importa el color del
partido, no importa si se trata del gobierno federal, de gobiernos estatales o
municipales; tampoco importa si las conductas ocurrieron hace algunos años. Si
llegaran a demostrarse vínculos de colaboración, financiamiento ilícito,
protección institucional o cualquier forma de apoyo consciente a organizaciones
ahora catalogadas como terroristas, el impacto político podría trascender las
fronteras nacionales.
La historia
reciente demuestra que la captura de gobiernos locales por parte del crimen
organizado no constituye una hipótesis académica (ni historias de la oposición,
si no toda una realidad). Diversas investigaciones han documentado cómo
organizaciones delincuenciales buscan influir en procesos electorales,
controlar administraciones municipales y obtener protección para sus
actividades ilícitas.
La diferencia
es que ahora esos posibles vínculos podrían ser analizados bajo un enfoque
completamente distinto. Washington ya no observa únicamente a los líderes delincuenciales,
observa las redes, los flujos financieros, los contratos, las empresas y sí
(aunque no lo crean y les cale), las alianzas políticas.
En otras
palabras, la pregunta dejó de ser quién dispara y pasó a ser quién facilita que
el sistema delincuencial funcione. Eso explica por qué, en los últimos meses,
el Departamento del Tesoro estadounidense ha incrementado las sanciones contra
personas físicas y empresas relacionadas con organizaciones delincuenciales,
ampliando la presión sobre las estructuras financieras que permiten operar a
los cárteles.
México
enfrenta entonces un desafío que va mucho más allá de la cooperación bilateral
en materia de seguridad. Se trata de fortalecer sus propias instituciones, una
fiscalía verdaderamente autónoma, un sistema robusto de inteligencia financiera,
procesos transparentes de fiscalización electoral, mecanismos eficaces para
investigar el enriquecimiento ilícito. Y, sobre todo, una separación real entre
la agenda política y la agenda de seguridad ciudadana (cómo ya lo hemos
explicado en entregas anteriores).
Porque si la
persecución penal depende de intereses electorales, cualquier investigación
perderá credibilidad tanto dentro como fuera del país (cómo la neta ha pasado
últimamente). Paradójicamente, esta coyuntura también representa una
oportunidad.
La presión
internacional puede convertirse en un incentivo para profesionalizar las
instituciones encargadas de investigar la corrupción y la delincuencia
organizada. No porque otro país deba definir las prioridades de México, sino
porque ningún Estado puede aspirar a combatir eficazmente al crimen organizado
mientras persistan espacios de impunidad para quienes eventualmente lo protejan
desde el poder.
Los próximos
meses probablemente no estarán marcados únicamente por operativos
espectaculares o nuevas capturas de líderes delincuenciales. Podrían estar
definidos por investigaciones financieras, expedientes de cooperación
internacional y reconstrucciones de redes políticas cuya existencia, en caso de
acreditarse judicialmente, tendría consecuencias mucho más profundas que la
caída de cualquier capo. Porque los cárteles sobreviven cuando reemplazan a sus
dirigentes. Las democracias, en cambio, se debilitan cuando quienes deberían
combatirlos terminan siendo parte de su estructura.
hidalgomontes@gmail.com