¿Menos drogas o más influencia? El examen de Washington
Por: Guillermo Alberto Hidalgo
Montes
Dicen que la historia
es cíclica y hoy, pareciera que se repiten escenas que México conoce demasiado
bien: Washington evalúa, reparte reconocimientos y advierte que la cooperación
todavía no alcanza. Cambian los presidentes y las drogas que dominan la
conversación, pero permanece una pregunta incómoda: ¿quién evalúa al evaluador?
En un análisis
publicado por InSight Crime el pasado 24 de septiembre devuelve esa discusión a
la mesa. Deborah Bonello y Jeremy McDermott examinan las recientes decisiones
antidrogas de Estados Unidos y encuentran una mezcla de resultados, afinidades
políticas y presión diplomática (¡qué raro!). Venezuela salió (sospechosamente)
del grupo de países señalados por incumplimiento, mientras Colombia y Bolivia
permanecieron. Para México hubo reconocimiento por mayores decomisos,
acompañado de una exigencia de acciones adicionales contra las organizaciones delincuenciales.
La lectura de esto es clara: la calificación también sirve para orientar el
comportamiento de otros gobiernos.
La escena recuerda a
los fosforescentes años noventa, aunque conviene precisar algo: Estados Unidos
no está resucitando un mecanismo que hubiera desaparecido por completo. La
certificación por cumplir con la lucha contra el narcotráfico establecida en a
la Ley Antidrogas de 1986 del Congreso norteamericano y la cual fue modificada
en 2002. Cambió el procedimiento, pero se conservó la facultad presidencial de
señalar a los países que incumplen manifiestamente sus compromisos antidrogas y
restringir determinada asistencia. La evaluación unilateral sobrevivió a la reforma.
También hay que
distinguir dos cosas que suelen confundirse. Figurar entre los principales
países de producción o tránsito de drogas no equivale a estar descertificado.
Una clasificación identifica la relevancia de un territorio para esos mercados;
la otra cuestiona los esfuerzos de su gobierno. México aparece en la primera,
pero no entre los países señalados por incumplimiento en la determinación para
el año fiscal 2027. Presentarlo como un país ya descertificado sería
incorrecto.
En los noventa
tampoco hubo una descertificación de México, aunque sí fuertes intentos de
revertir las decisiones favorables de la Casa Blanca. El Servicio de
Investigación del Congreso estadounidense documentó que México recibió la
certificación durante todo el periodo de 1986 a 2002. En 1997, la confrontación
legislativa llegó especialmente lejos: se discutieron exigencias sobre
extradiciones, cooperación con agentes estadounidenses y operaciones marítimas.
La disputa servía para negociar condiciones concretas de la relación bilateral.
Ese antecedente ayuda
a entender el presente. La presión puede producir efectos antes de que llegue
una sanción. Basta con mantener abierta la posibilidad de una mala evaluación
para intentar influir en prioridades, tiempos, decisiones (probablemente operativas)
así como apoyos (de los cuales muchas instituciones policiales podrían verse
afectadas). Mi lectura (mía de mí) es que ahí está el parecido más importante
con aquella época: Washington conserva la capacidad de convertir su
reconocimiento en una herramienta de negociación (o presión).
La dimensión
política, además, está incorporada al propio mecanismo. La legislación permite
mantener determinada asistencia a un país señalado si el presidente considera
que resulta vital para los intereses nacionales estadounidenses. Esa excepción
puede tener razones legítimas, pero demuestra que el resultado no depende
exclusivamente de decomisos, investigaciones o sentencias. También interviene
lo que Washington considera conveniente para sí mismo.
Para México, el
riesgo es terminar administrando la seguridad con la mirada puesta en el
siguiente examen estadounidense. Una captura de alto perfil puede ofrecer una
respuesta inmediata a la presión diplomática. Desarrollar policías
investigadoras, protección a testigos colaboradores, profesionalizar peritos y
construir expedientes sólidos exige continuidad, presupuesto y años de trabajo.
Si los incentivos favorecen únicamente lo que produce un anuncio, lo que
sostiene una investigación puede quedar relegado.
Esto no significa que
México deba desentenderse de sus obligaciones o responder a cada señalamiento
con un discurso de soberanía. Investigar la protección institucional a la
delincuencia, perseguir sus recursos y llevar a los responsables ante los
tribunales son deberes propios. Deben cumplirse por las comunidades afectadas,
independientemente de la opinión que merezcan en Washington.
Tampoco sería
razonable aceptar una evaluación que deje fuera las responsabilidades
estadounidenses. Un informe de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno
de Estados Unidos, publicado en 2021, encontró que el 70 por ciento de las
armas recuperadas en México entre 2014 y 2018 y sometidas a rastreo provenía de
fuentes estadounidenses. El universo importa: se trata de armas recuperadas y
enviadas a rastreo, no de todas las armas ilegales existentes en México. Aun
con esa limitación, el hallazgo documenta una parte indispensable del problema
bilateral.
Por eso, una
cooperación seria tendría que medir compromisos de ambos lados: investigaciones
sobre tráfico de armas, persecución del lavado de dinero, control de
precursores, atención al consumo y resultados judiciales. México debe poder
demostrar qué hace contra las organizaciones delincuenciales y exigir evidencia
equivalente sobre las redes que operan al norte de la frontera.
También necesitamos
discutir qué entendemos por éxito. Los kilos decomisados dicen cuánto se
interceptó; por sí solos no explican cuánto disminuyó el mercado. Las
detenciones deben evaluarse junto con las sentencias, la recuperación de
activos y la capacidad de impedir que una organización reemplace a sus
operadores. Para una familia, el resultado más importante puede ser mucho más
concreto: dejar de pagar extorsión o poder denunciar sin abandonar su
comunidad.
También se hace
necesario entender el contexto actual donde, en los 90´s las organizaciones
dedicadas al narcotráfico se dedicaban exclusivamente a ello, hoy en día
pasamos de cárteles de drogas a instituciones delincuenciales transnacionales
multipropósito. Es decir teniendo un amplio abanico de actividades
delincuenciales tales como: narcotráfico, trata de personas, piratería, lavado
de activos, minado de criptomonedas, tráfico de armas, extorsión, sicariato y
un amplio etcétera; agregando como cereza al pastel que han sido señaladas por
parte de la administración norteamericana como grupos terroristas.
La semejanza con los
noventa merece atención porque plantea una vieja tentación: confundir una buena
relación con Washington con una buena política de seguridad. Ambas pueden
coincidir, pero una no garantiza la otra. México necesita cooperación,
intercambio de información y responsabilidades compartidas (nos guste aceptarlo
o no). Y necesita instituciones capaces de sostener esos acuerdos sin depender
de la simpatía entre presidentes (¡esto sí a la voz de ya!).
La calificación
decisiva tendría que venir de quienes viven con las consecuencias de la
violencia y la delincuencia. El proceso de mejora continua de las instituciones
policiales y de procuración de justicia debería ser más allá de una política de
Estado, debería ser parte de la cultura organizacional Conseguir un
reconocimiento extranjero mientras una comunidad sigue bajo amenaza sería
aprobar el examen equivocado.
hidalgomontes@gmail.com