La fragmentación criminal: el nuevo mapa del crimen organizado (y dolor de cabeza) en México
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Durante
décadas, el debate sobre la seguridad en México giró en torno a grandes
organizaciones criminales encabezadas por figuras casi míticas. Desde nombres
como Miguel Ángel Félix Gallardo, Amado Carrillo Fuentes (“El Señor de los
Cielos”), pasando por Joaquín Guzmán Loera (“El Chapo”), Ismael Zambada García
(“El Mayo”) y Nemesio Oseguera Cervantes (“El Mencho) marcaron una etapa
histórica donde el poder criminal se concentraba en estructuras relativamente
verticales, capaces de controlar extensos territorios, coordinar cadenas
internacionales de suministro de drogas y mantener interlocución con actores
políticos, económicos y criminales. Sin embargo, los acontecimientos de los
últimos meses sugieren que esa etapa está llegando a su fin.
La muerte de
Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, ocurrida durante un operativo de
fuerzas federales mexicanas apoyado por inteligencia estadounidense (aunque no
se quiera a veces reconocer) en febrero de 2026, representó mucho más que la
caída de uno de los narcotraficantes más buscados del mundo. Significó el golpe
definitivo contra el último gran liderazgo criminal capaz de mantener
cohesionado un aparato delictivo de alcance nacional e internacional.
Paralelamente,
la situación del llamado Cártel de Sinaloa evidencia una transformación
igualmente profunda. Diversas investigaciones periodísticas y documentos
judiciales estadounidenses han confirmado que integrantes de la facción de Los
Chapitos, incluidos Ovidio Guzmán López y Joaquín Guzmán López, han entrado en
procesos formales de cooperación con autoridades federales de Estados Unidos.
Lo anterior no
significa que el narcotráfico haya desaparecido ni que las organizaciones
criminales hayan sido derrotadas, significa algo más complejo: el modelo
tradicional de los grandes cárteles está dejando de existir. La pregunta
importante (odiosa por cierto) bajo esta premisa sería: ¿Está el Estado
Mexicano para dar frente a esta mutación delincuencial?
Por ejemplo,
hablar hoy del “Cártel de Sinaloa” como una organización monolítica resulta
cada vez menos preciso. La confrontación entre las facciones de Los Chapitos y
los grupos leales a Ismael Zambada, las rupturas internas, las capturas,
extradiciones y acuerdos judiciales han provocado una fragmentación que
recuerda procesos observados anteriormente en Colombia tras la caída del Cartel
de Medellín o en México después de la desintegración de los Beltrán Leyva.
Aquí surgen
otras dos preguntas relevantes (jodonas como piedrita en el zapato): ¿Quién
controlará el próximo gran cártel? y ¿Qué ocurrirá cuando ya no existan grandes
cárteles?.
La experiencia
internacional muestra que la fragmentación criminal rara vez produce paz. Por
el contrario, suele generar un ecosistema compuesto por decenas o cientos de
células más pequeñas, menos visibles, más violentas y con fuertes raíces
territoriales.
En ese
escenario, el narcotráfico deja de ser la única actividad relevante, tal y como
ya se ha empezado a ver en México. Las organizaciones diversifican riesgos y
ganancias mediante extorsión, secuestro, cobro de piso, tráfico de migrantes,
tala ilegal, minería clandestina, robo de hidrocarburos, fraude, explotación
sexual y control de mercados locales.
Es decir,
pasan de ser empresas criminales orientadas a la exportación a convertirse en
depredadores de las economías regionales. En pocas palabras “le tiran a lo que
se mueva” …como amigo con pie plano: “pisan parejo”. Ya existen señales de esta
transición en diversas regiones del país. Mientras las grandes rutas
internacionales continúan siendo importantes, el control de territorios,
comunidades, actividades económicas locales y cadenas logísticas se ha
convertido en un activo estratégico tan valioso como el tráfico de drogas.
Por ello, el
Estado mexicano debe evitar caer en una lectura triunfalista de los
acontecimientos recientes. En primer lugar porque bajo ningún motivo se han
desmantelado estas estructuras delincuenciales, aún existen operadores de las
mismas que no han sido detenidos, enjuiciados y sentenciados y por último es
que (desgraciadamente) parte de los buenos resultados que en esta
administración se han tenido, han sido parte de presión externa (de Washington
concretamente) y no de verdadera voluntad interna.
La captura o
muerte de líderes históricos representa un éxito operativo importante. Sin
embargo, la historia demuestra que la decapitación de organizaciones delincuenciales
no garantiza por sí misma una reducción sostenible de la violencia. Diversos
estudios académicos han advertido que la simple eliminación de liderazgos suele
generar reacomodos internos, disputas sucesorias y nuevas dinámicas de
reclutamiento criminal.
La siguiente
fase exigirá capacidades distintas. México necesitará fortalecer la
inteligencia territorial, las investigaciones patrimoniales, la persecución
financiera, los mecanismos anticorrupción y la coordinación interinstitucional.
También deberá consolidar policías locales profesionales capaces de comprender
dinámicas delincuenciales específicas de cada región, algo imposible de lograr
mediante estrategias uniformes aplicadas desde el centro del país. Debemos
aceptar que la fenomenología delincuencial en México es heterogénea y
necesitamos mandos policiales con verdadera capacidad de generar estrategias
diferenciadas para ello.
Asimismo, será
indispensable fortalecer fiscalías autónomas (pero autónomas de verdad),
sistemas de análisis criminal e instrumentos de prevención social que reduzcan
la capacidad de reclutamiento de estas nuevas estructuras fragmentadas.
La cooperación
bilateral (y también la presión) con Estados Unidos seguirá siendo un factor
determinante (nos guste o no). Los recientes resultados operativos muestran
niveles de intercambio de inteligencia sin precedentes entre ambos gobiernos.
Sin embargo, la verdadera medida del éxito no será cuántos líderes son
capturados o abatidos, sino, si el Estado logra impedir que las organizaciones
fragmentadas ocupen nuevamente los espacios que dejan quienes caen.
La era de los
grandes capos parece estar terminando. Sin embargo, la era de las redes
criminales fragmentadas apenas comienza y esa puede ser una amenaza mucho más
difícil de combatir (si no nos ponemos truchas).
hidalgomontes@gmail.com
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