La guerra de los símbolos: Trump, el Tren de Aragua y el mensaje para los cárteles mexicanos
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
El pasado 12
de junio, las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia de Estados Unidos
en coordinación (forzada) de autoridades venezolanas lanzaron un ataque
quirúrgico en el estado venezolano de Bolívar. Una imagen que enfoca una casa
con techumbre de color verde, es un bonito día soleado y de repente… ¡Pum!,
onda, expansiva y humo que develan un camino de muerte y destrucción (y un
craterzote del tamaño del carajo)…la víctima, el líder de la organización
criminal transnacional de origen venezolano “Tren de Aragua”, Héctor
Rusthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”. Su partida de este plano
terrenal marca un punto de inflexión no solo en la evolución de esta estructura
delincuencial, sino también en la forma en que los gobiernos comunican sus
éxitos en materia de seguridad. El hecho habría pasado a formar parte de la
larga lista de operaciones contra objetivos de alto valor alrededor del mundo,
de no ser porque el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió
anunciarlo personalmente mediante un video difundido en sus redes sociales,
acompañado de un mensaje triunfalista que presentó la operación como una
victoria estratégica contra una de las organizaciones criminales más violentas
del continente.
De acuerdo con
información difundida por el gobierno estadounidense y confirmada
posteriormente por autoridades venezolanas, Guerrero murió durante una
operación coordinada entre el Comando Sur de Estados Unidos y fuerzas de
seguridad venezolanas. Trump calificó la acción como un “ataque rápido y letal”
(literal: ¿on´ ta’ la casa?….¡ya no ta’ la casa!) contra quien describió como
uno de los criminales más peligrosos del hemisferio occidental, difundiendo
incluso imágenes del supuesto ataque.
Desde la
perspectiva policiológica y criminológica, la desaparición física de un líder
criminal raramente implica la desaparición de la organización que encabeza (si
no pregúntenle al cartel de Sinaloa, al CJNG). La experiencia internacional
demuestra que las estructuras criminales modernas poseen mecanismos de
resiliencia, descentralización y sucesión que les permiten sobrevivir a la
captura o muerte de sus dirigentes ya que son “empresas delincuenciales”.
Ocurrió con organizaciones mafiosas italianas, con grupos insurgentes
colombianos y con numerosos cárteles latinoamericanos. El Tren de Aragua, cuya
expansión alcanzó países como Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Brasil, México y
Estados Unidos, ha evolucionado desde una pandilla penitenciaria venezolana
hacia una red delincuencial multinacional dedicada a la trata de personas,
extorsión, tráfico de migrantes, secuestro, narcotráfico, tráfico de armas y
lavado de dinero.
A corto plazo,
la muerte de Guerrero probablemente generará disputas internas por el control
de rutas, mercados ilícitos y estructuras de mando (como casi siempre ocurre).
Estas luchas sucesorias suelen traducirse en incrementos temporales de
violencia, fragmentación operativa y aparición de nuevas facciones. Sin
embargo, también pueden representar oportunidades para las autoridades si
logran explotar las fracturas internas mediante inteligencia financiera,
cooperación internacional y persecución judicial coordinada (como decía la
vieja táctica romana “dividem et imperam”/”divide y vencerás”).
No obstante,
el aspecto más relevante de este episodio quizá no sea la eliminación del líder
criminal, sino la forma en que fue comunicada. Trump no permitió que la
operación hablara por sí misma. La convirtió en un mensaje político. Al
aparecer como el principal vocero del éxito operativo, el mandatario
estadounidense proyectó una imagen de liderazgo, capacidad ofensiva y
determinación. El destinatario inmediato fue la opinión pública estadounidense.
Sin embargo, existieron otros receptores igualmente importantes: las
organizaciones criminales de toda América Latina.
La
comunicación estratégica forma parte de cualquier conflicto. Los gobiernos
buscan enviar mensajes de disuasión a quienes consideran amenazas. Al exhibir
públicamente la neutralización de un objetivo de alto valor, Washington
construye una narrativa donde ningún líder criminal puede considerarse fuera de
su alcance. El mensaje es sencillo: si Estados Unidos considera que una
organización representa una amenaza directa a su seguridad nacional, sus
dirigentes pueden convertirse en blancos prioritarios independientemente de la
frontera donde se encuentren.
Es
precisamente aquí donde México debe prestar atención ("Cuando las barbas
de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar"). Durante los últimos
años, la administración Trump ha elevado progresivamente el discurso contra
organizaciones criminales mexicanas, impulsando su tratamiento bajo esquemas
propios de la lucha contra el terrorismo. La designación de diversas
organizaciones criminales transnacionales como amenazas de seguridad nacional y
el lenguaje utilizado por funcionarios estadounidenses apuntan hacia una
narrativa cada vez más agresiva. Desgraciadamente el discurso de la
administración federal mexicana así como las pruebas tangibles de las acciones
hacia grupos delincuenciales no ha sido congruente en algunas ocasiones. Sería
absurdo no reconocer que se han hecho avances significativos, sobre todo,
después de la pésima política de “abrazos y no balazos” Sin embargo, dichos
avances son mínimos a ojos del inquilino de la casa blanca
La difusión
pública de la muerte de “Niño Guerrero” puede interpretarse como un ejercicio
de marketing político, pero también como una demostración de capacidades
(un…¿ya ven lo que podemos hacer?). El verdadero valor del video no radica en
mostrar la operación, sino en construir un precedente psicológico. Los líderes
criminales mexicanos observan ahora un escenario en el que la persecución
internacional puede trascender los mecanismos tradicionales de extradición y
cooperación judicial para transformarse en una campaña permanente de presión
política, financiera, tecnológica y mediática.
Sin embargo,
existe un riesgo inherente a esta estrategia. Cuando las operaciones de
seguridad se convierten en espectáculos mediáticos, la línea que separa la
comunicación institucional de la propaganda política puede volverse difusa. La
historia demuestra que la excesiva personalización de los éxitos
gubernamentales genera incentivos para privilegiar acciones de alto impacto
mediático sobre estrategias de largo plazo orientadas al fortalecimiento
institucional. La eliminación de un líder puede producir titulares; la
construcción de instituciones sólidas produce resultados duraderos.
Para México,
la lección es doble. Por un lado, la caída de “Niño Guerrero” confirma que la
cooperación internacional sigue siendo una herramienta indispensable frente a
organizaciones criminales transnacionales. Peeeeeeeeeeeeeeeeeero, por otro,
evidencia que la seguridad ciudadana contemporánea también se libra en el
terreno de la comunicación estratégica. Hoy los gobiernos no solo capturan o
eliminan criminales; también administran narrativas (y la neta, la neta en
México andamos fallones en eso).
La pregunta de
fondo no es si la muerte del líder del Tren de Aragua debilitará a esa
organización. La pregunta es si estamos observando el inicio de una nueva etapa
en la que la exhibición pública de objetivos criminales abatidos se convierta
en una herramienta sistemática de presión psicológica contra los grandes capos
de América Latina. Si esa es la intención, los líderes de las organizaciones
criminales mexicanas seguramente ya entendieron el mensaje…no importa donde se
escondan o quien los proteja, sabemos en donde están y se encuentran a un click
de computadora de tener la oportunidad de entregar en primera persona el equipo
al creador.
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