Terroristas, narcos y fronteras: La herencia del 11 de septiembre 25 años después
Por:
Guillermo Alberto Hidalgo Montes
Hay fechas que
sirven para dividir la historia en un antes y un después. El 11 de septiembre
de 2001 es una de ellas. Quienes tenemos edad suficiente (jamás pensé en decir
esto) para recordar aquella mañana sabemos exactamente dónde estábamos cuando
vimos el segundo avión impactar contra la Torre Sur del World Trade Center. En
cuestión de minutos quedó claro que no estábamos viendo un accidente. Tampoco
era solamente un ataque contra Nueva York o Washington. Era el inicio de una
transformación profunda de la seguridad internacional…su servidor recuerda
vívidamente (con el español refinado que me caracteriza) solamente decir… “¡Ya
valió madre!
A 25 años de
este suceso, resulta difícil dimensionar cuántas cosas que hoy consideramos
normales comenzaron a cambiar a partir de aquel martes: controles
aeroportuarios (que odio más que aquellos individuos que ponen los frijoles en
el refri en tóper de yogurt de fresa), listas de pasajeros, intercambio de
inteligencia, seguimiento de operaciones financieras, vigilancia fronteriza,
cooperación policial internacional, biometría, protección de infraestructura
crítica y una larguísima lista de medidas que terminaron modificando incluso la
vida cotidiana.
Estados Unidos
reorganizó buena parte de su aparato de seguridad. En 2003 comenzó a operar el
Department of Homeland Security (DHS), que integró 22 agencias y oficinas
federales bajo una estructura creada precisamente como respuesta al nuevo
escenario posterior al 11-S. Pero existe otra consecuencia del 11 de septiembre
de la que hablamos mucho menos.
Los ataques
obligaron a mirar con otros ojos algo que América Latina conocía desde hacía
años: las fronteras entre terrorismo, delincuencia organizada, narcotráfico,
contrabando, tráfico de armas, trata de personas, falsificación de documentos y
lavado de dinero podían ser bastante menos claras de lo que tradicionalmente
suponíamos. Y aquí conviene hacer una precisión fundamental. El 11-S no
descubrió el terrorismo en América Latina ni creó la relación entre
organizaciones terroristas y actividades delincuenciales. Esa historia había
comenzado mucho antes. Basta recordar Buenos Aires.
En 1992 fue
atacada la Embajada de Israel en Argentina. Dos años después, el 18 de julio de
1994, una bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina
(AMIA). Murieron 85 personas además de 151 heridos como consecuencia directa de
la explosión.
El
Departamento de Justicia estadounidense ha acusado a integrantes de Hezbollah
de participar en la planeación y ejecución del atentado contra la AMIA,
mientras que el Departamento del Tesoro ha documentado posteriormente redes
vinculadas con esa organización que desarrollaron actividades comerciales y
financieras en Sudamérica. Es decir, cuando cayeron las Torres Gemelas ya
existían en nuestro continente antecedentes que obligaban a mirar mucho más
allá del delincuente tradicional.
Otro caso
emblemático es el de Perú que con la organización “Sendero Luminoso” oriundo de
la región de Ayacucho en aquella región andina fue tristemente ícono del
terrorismo político en América Latina. Otro caso importante es el de Colombia
que durante años, organizaciones armadas combinaron objetivos políticos,
control territorial, secuestro, extorsión y violencia con economías delincuenciales.
Es aquí que comenzó a cobrar fuerza una palabra que después sería utilizada
hasta el cansancio: “narcoterrorismo”. El problema es que repetirla muchas
veces no necesariamente ayuda a entender el fenómeno.
Terrorismo y
delincuencia organizada no son sinónimos. Un grupo terrorista utiliza la
violencia fundamentalmente como instrumento para alcanzar determinados
objetivos políticos, ideológicos o religiosos. Una organización delincuencial
busca primordialmente beneficios económicos, mercados ilícitos, protección de
sus operaciones y, en numerosos casos, control territorial. Pero una cosa es
que sean fenómenos distintos y otra muy diferente que vivan en universos
separados.
Naciones
Unidas lo reconoce expresamente. UNICRI identifica dos dinámicas
particularmente importantes en América Latina: organizaciones terroristas que
recurren a actividades delincuenciales para financiar sus objetivos y
organizaciones delincuenciales que emplean técnicas y tácticas asociadas al
terrorismo para obtener beneficios económicos. Narcotráfico, trata de personas
y lavado de dinero pueden encontrarse de un lado; asesinatos, secuestros,
extorsiones y ataques contra civiles o infraestructura crítica, del otro.
En febrero de
2026, la Dirección Ejecutiva del Comité contra el Terrorismo del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas volvió sobre el problema. Su planteamiento es
particularmente útil: terrorismo y crimen organizado siguen siendo fenómenos
distintos, pero pueden cooperar, coexistir e incluso aprender tácticas uno del
otro. Esa probablemente sea la palabra que mejor describe lo que estamos
observando: convergencia (no, el partido político que sostenía este nombre,
aguante y ahorita explico). Y el 11 de septiembre hizo que Estados Unidos
comenzara a observar esa convergencia como un asunto directamente relacionado
con su seguridad nacional.
México
inevitablemente entró en esa ecuación, antes del 11-S, la conversación
bilateral estaba fuertemente concentrada en migración, comercio y narcotráfico.
De hecho, Vicente Fox y George W. Bush habían iniciado 2001 hablando de
construir una relación migratoria diferente. Los atentados cambiaron las
prioridades. El Congressional Research Service documentó posteriormente cómo
las conversaciones migratorias se estancaron después de septiembre de 2001
mientras la seguridad fronteriza adquiría un peso mucho mayor. La frontera dejó
de ser observada solamente como una línea por la que cruzaban personas,
mercancías y drogas. Comenzó a entenderse también como una posible
vulnerabilidad para la seguridad nacional estadounidense. Desde entonces,
narcotráfico, migración irregular, tráfico de armas, lavado de dinero,
terrorismo e inteligencia fueron acercándose dentro de la agenda bilateral. Y
entonces apareció otra transformación: las organizaciones delincuenciales
mexicanas comenzaron a utilizar métodos de violencia que, visualmente, podían
parecerse a los empleados por organizaciones terroristas.
Carros bomba, artefactos
explosivos improvisados, drones con explosivos y/o agentes químicos, decapitaciones,
cuerpos exhibidos públicamente, ataques contra instalaciones categorizadas como
críticas, asesinatos de funcionarios, bloqueos de ciudades, amenazas contra
periodistas, videos propagandísticos, vehículos blindados artesanalmente, emboscadas
contra policías y militares seguidos de un lamentable etcétera.
La violencia
dejó de servir exclusivamente para eliminar al adversario, también comenzó a
servir para comunicar y ahí está una de las claves del problema. Cuando una
organización abandona la violencia discreta y convierte la brutalidad en
espectáculo, busca producir algo adicional a la muerte de su víctima: miedo
colectivo (Sun Tzu sostenía: “matar a uno para asustar a cien mil”). El
cadáver deja de ser únicamente el resultado de un homicidio y se convierte en
mensaje; el vehículo incendiado deja de ser solamente daño material y se
transforma en advertencia; el video difundido en redes sociales deja de ser
únicamente evidencia de un delito y se convierte en propaganda. Eso no
convierte automáticamente a una organización delincuencial en organización
terrorista pero sí explica por qué la discusión comenzó a trasladarse desde los
círculos académicos y policiales hasta las decisiones políticas.
La culminación
de todo este relajito llegó en Estados Unidos en 2025, el 20 de enero de ese
año, el presidente Donald Trump emitió la Orden Ejecutiva 14157, que abrió el
procedimiento para designar determinados cárteles y otras organizaciones como
Foreign Terrorist Organizations y Specially Designated Global Terrorists. Un
mes después, la decisión dejó de ser retórica (es decir, nos la dejaron caer…y
como consuelo no solo a México).
En aquel
primer movimiento, el Departamento de Estado designó al Cártel de Sinaloa,
Cártel Jalisco Nueva Generación, Cárteles Unidos, Cártel del Noreste, Cártel
del Golfo y La Nueva Familia Michoacana, además del Tren de Aragua y la Mara
Salvatrucha, bajo mecanismos estadounidenses de designación terrorista y
entonces aquella discusión que durante décadas parecía reservada para
especialistas adquirió consecuencias jurídicas, financieras, diplomáticas y de
seguridad nacional.
El Estado
mexicano señaló que combatiría a esas organizaciones, pero rechazó que la
denominación estadounidense pudiera utilizarse como fundamento para intervenir
en territorio mexicano. Su fórmula política fue sencilla: “coordinación y
colaboración, pero sin subordinación ni injerencia”. Ese desacuerdo
conceptual no ha impedido la cooperación. En septiembre de 2025, ambos
gobiernos reafirmaron públicamente una agenda conjunta contra la delincuencia
organizada transnacional basada en intercambio de inteligencia, combate a los
flujos financieros ilícitos, seguridad fronteriza y acciones contra el tráfico
de drogas y armas, señalando expresamente el respeto a la soberanía y la
integridad territorial.
Aquí aparece
quizá la mayor lección que nos dejó el 11 de septiembre. Las amenazas actuales
difícilmente caben en los cajones institucionales que construimos durante el
siglo XX ya que el terrorista puede lavar dinero, el narcotraficante puede
utilizar explosivos, una organización delincuencial puede controlar territorio,
una estructura terrorista puede financiarse mediante contrabando, un grupo
armado puede traficar drogas para financiar objetivos políticos y una
organización dedicada fundamentalmente al lucro puede emplear tácticas
destinadas a aterrorizar comunidades enteras para garantizar impunidad,
controlar mercados o doblegar autoridades. Eso es precisamente lo que vuelve
tan peligroso el fenómeno no porque todos sean terroristas sino porque las
herramientas, capacidades y métodos comienzan a mezclarse.
La diferencia
parece pequeña, pero para policías, fiscales, analistas de inteligencia y
responsables de políticas públicas es enorme. Confundir delincuencia organizada
con terrorismo puede llevar a respuestas jurídicas y operativas equivocadas.
Pero ignorar que organizaciones delincuenciales están incorporando tácticas
tradicionalmente asociadas con actores terroristas resulta igualmente
irresponsable.
Después del
11-S entendimos algo que los atentados de Buenos Aires, el conflicto colombiano,
el peruano y posteriormente la violencia delincuencial mexicana ya venían
advirtiendo: terrorismo y delincuencia organizada pueden tener motivaciones
diferentes y continuar siendo jurídicamente fenómenos distintos, pero eso no
impide que compartan dinero, rutas, mercados, conocimientos, métodos o
simplemente oportunidades. El error sería pensar que para combatirlos debemos
llamarlos igual y el desafío verdadero consiste en aprender a identificar dónde
termina uno, dónde comienza el otro y, sobre todo, dónde se encuentran.
hidalgomontes@gmail.com
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