A los policías en México, exigirles todo, debiéndoles tanto…la triste realidad.
Por: Guillermo Alberto
Hidalgo Montes
Antes de exigirle a un integrante
de una institución policial que resuelva una crisis en segundos, habría que
preguntarle al Estado qué hizo para prepararlo. ¿Le proporcionó una formación y
entrenamiento suficiente? ¿Cuenta con equipo (y si lo tiene) funciona? ¿Cuenta
con respaldo legal por parte de su institución si su actuación termina bajo
investigación? La seguridad ciudadana también se juega en esas respuestas.
Exigir resultados sin revisar las condiciones del servicio permite que la
responsabilidad termine siempre en el último eslabón: quien salió a rifarse el
físico y la seguridad jurídica a la calle.
México tiene instituciones con
capacidades muy distintas. Sería injusto meterlas en el mismo costal (como
aquel que aseveró que toda la extinta Policía Federal era corrupta) , como
también lo sería confundir la defensa de sus integrantes con la tolerancia al
abuso. Precisamente porque la policía puede detener y emplear la fuerza,
debemos exigirle profesionalismo y exigir al Estado que lo haga posible.
Charlando con un amigo a la luz de las brasas de unos dogos estilo Sonora que
venden cerca de mi casa, me pidió que le dijera (en mi punto de vista) cinco
deudas que permiten ordenar esa discusión desde lo técnico/táctico, lo jurídico
y (quizá el más importante), el factor humano.
La primera es darles herramientas
adecuadas para el trabajo que se les encomienda. La ENECAP 2017 del INEGI
encontró que 86.1% del personal operativo obtuvo por cuenta propia al menos un
accesorio o material de apoyo o protección. Es un antecedente histórico, no una
fotografía de 2026; sirve para recordar que el problema lleva años (sino es que
décadas) documentado. Tampoco significa que todos compraran un arma o un
chaleco: la medición incluyó materiales diversos.
Una política seria de
equipamiento tendría que comenzar por las necesidades de cada servicio:
protección balística adecuada al riesgo, comunicaciones confiables, vehículos
con mantenimiento y materiales para preservar indicios. Cada compra debería
incluir capacitación, reposición y supervisión. Conviene preguntar cuántos
equipos funcionan y quién sabe utilizarlos, además de cuántos se entregaron.
Una adquisición vistosa puede producir una buena ceremonia; su utilidad se
demuestra después, durante el turno.
Aquí entra la relación con
Estados Unidos. El Buró de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF
por sus siglas en inglés) reportó que 70.5% de las armas recuperadas en México
y sometidas a rastreo en 2024 eran de origen estadounidense, categoría que
comprende las fabricadas allá y las importadas legalmente a ese país. La propia
agencia advierte que estas armas no constituyen una muestra representativa de
todas las utilizadas por delincuentes (como se había ya mencionado alguna vez
en este espacio, nos duela o no, no todas las armas van a parar a la
delincuencia) Con ese límite claro, la cooperación bilateral debería traducirse
en investigaciones contra las redes de tráfico y capacidades útiles para las
policías locales. México debe equipar a sus elementos; la dimensión
transfronteriza del problema exige, además, trabajo del otro lado.
La segunda deuda es enseñar a
ejercer el oficio y mantener esa preparación durante toda la carrera policial
(que la neta hasta el día de hoy, brilla por su ausencia). El censo estatal del
INEGI publicado en 2025 reportó que, al cierre de 2024, 74.6% del personal de
las instituciones policiales estatales contaba con Certificado Único Policial
(CUP). El resultado tiene límites: excluyó a Ciudad de México por información
incompleta y señaló falta de datos de San Luis Potosí. La ausencia del
certificado tampoco demuestra, por sí sola, que alguien carezca de toda
formación.
El pendiente va más allá del
documento. Propongo medir la preparación por lo que el policía sabe hacer:
intervenir ante violencia familiar, entrevistar sin inducir respuestas,
preservar evidencia, auxiliar a una persona herida y explicar una detención ante
un juez. Eso requiere práctica supervisada, instructores competentes y horas de
servicio reservadas para aprender. Mandar al personal a capacitarse al terminar
una jornada agotadora desvirtúa el propósito. Además que deben de existir
competencias diferenciadas. Es decir, a los mandos debería de hacerles exámenes
anuales en temas como dirección, administración, liderazgo, presupuestación,
entre otras (se supone que eso es lo que hacen ¿no?...digo)
La Ley Nacional sobre el Uso de
la Fuerza ya contempla formación en derechos humanos, medios menos letales,
primeros auxilios, solución pacífica de conflictos y manejo de crisis, estrés y
emociones. Cumplirla exige ensayar decisiones, corregir errores y evaluar
capacidades. La destreza táctica incluye reconocer cuándo conviene contener,
dialogar o pedir apoyo. También debe enseñarse a los mandos a planear y
supervisar: su preparación merece el mismo escrutinio que la del personal
operativo.
La tercera deuda es la certeza
jurídica. El artículo 123, apartado B, fracción XIII, de la Constitución
establece que, aun cuando una autoridad jurisdiccional determine que una
separación policial fue injustificada, procede la indemnización y demás prestaciones
correspondientes, pero no la reincorporación. Un elemento policial puede ganar
el juicio y perder definitivamente su carrera. Esa regla merece una revisión
pública que considere tanto la depuración legítima como la reparación frente a
decisiones arbitrarias.
Mientras esa discusión ocurre,
hacen falta procedimientos disciplinarios confiables y defensa jurídica
especializada ante hechos del servicio, con reglas claras sobre su alcance y
posibles conflictos de interés. El acompañamiento debe permitir esclarecer lo
sucedido y proteger el debido proceso. Si hubo abuso, corresponde investigarlo
y sancionarlo; si la actuación fue legal, debe poder demostrarse con evidencia.
También hay que revisar las órdenes, la planeación y la supervisión. La
responsabilidad institucional no se agota en quien aparece en el video.
La cuarta deuda es ofrecer una
carrera que permita vivir con dignidad y crecer por mérito. La ley general de
seguridad pública expedida en julio de 2025 dispone que la remuneración debe
corresponder a la calidad y al riesgo de las funciones. También regula el
servicio profesional de carrera. El reconocimiento legal debe convertirse en
presupuesto, concursos verificables y oportunidades de especialización. Un
ascenso tendría que poder explicarse con el expediente de quien lo obtiene no
que hoy en día parecen parte de un show de magia de David Copperfield “lo ves…
ahora ya no le ves”.
¡Ojo!, pagar mejor no garantiza
honestidad, pero la exigencia de integridad debe acompañarse de condiciones
laborales defendibles. Propongo publicar, por instituciones, tabuladores,
prestaciones efectivamente otorgadas (es aquí donde verdaderamente se le apoya
al policía y a su familia), vacantes y resultados de promoción. Eso permitiría
distinguir avances reales de anuncios. La continuidad de los equipos
profesionales también necesita protección frente a los cambios de gobierno: la
experiencia acumulada pertenece a la institución y sirve a la comunidad.
La quinta deuda es cuidar a la
persona detrás del uniforme. La ENECAP registró en 2017 una jornada promedio de
70 horas semanales y que 53% del personal reportó afectaciones de salud
relacionadas con sus actividades laborales. Son datos de aquel año; no deben
presentarse como tasas actuales. Sí justifican una pregunta que cada gobierno
tendría que responder con información reciente: ¿en qué condiciones físicas y
emocionales está trabajando su policía?
El cuidado tendría que incluir
descanso programado, atención médica, apoyo psicológico confidencial y
seguimiento después de incidentes críticos. Pedir ayuda debe poder hacerse sin
humillaciones. También hacen falta vías seguras para denunciar acoso y protección
efectiva para las familias. La ley de 2025 contempla servicios médicos,
pensiones por invalidez y vida, retiro, vivienda y otras prestaciones. La
medida del cumplimiento es que lleguen a quienes las necesitan.
Estas cinco deudas requieren
responsables identificables y recursos comprobables en los tres órdenes de
gobierno. Equipar, formar, dar certeza jurídica, construir carrera y cuidar al
personal son decisiones que deben reflejarse en cada institución. La próxima
vez que una autoridad prometa mejorar la seguridad, habría que pedirle que
explique cómo cumplirá esas obligaciones. Quien llama al 911 tiene derecho a
recibir ayuda de una institución preparada; quien responde también tiene
derecho a que su gobierno haya hecho su parte.
hidalgomontes@gmail.com

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