Policías fuera de servicio: Protección sin abandono
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Al terminar el
turno, un policía puede quitarse el uniforme, entregar la patrulla y salir del
edificio de su institución. Lo que no puede hacer es asegurarse de que quienes
lo amenazaron respeten su horario de descanso y existen desafortunadamente
cientos de casos a lo largo y anche de nuestro país que lo demuestran. Ahí
comienza el debate que el estado de Baja California ha vuelto a poner sobre la
mesa: permitir que los elementos policiales porten un arma fuera de servicio
para defender su vida. La preocupación merece atención. La respuesta exige algo
más que levantar la mano en el Congreso.
Y es que hace
unos días ocurrió algo de suma importancia para la seguridad de los elementos
policiales que se encuentran fuera de servicio no solo en ese estado si no para
todo México (ya que sentaría antecedente) y para ello, conviene empezar por una
precisión que algunos encabezados dejan borrosa. El Congreso de Baja California
aprobó remitir al Congreso de la Unión una propuesta para modificar la
legislación federal. Esa decisión, difundida oficialmente el 10 de octubre, no significa
que los policías ya tengan una nueva autorización para salir armados durante
sus días libres. Se aprobó impulsar una reforma, no una licencia de aplicación
inmediata. La diferencia importa, sobre todo para el agente que podría tomar
una noticia como permiso.
Este hecho no
es espontáneo, ya había existido un primer intento. Pero el 24 de marzo de
2025, al resolver la controversia constitucional 505/2023, la Suprema Corte
invalidó la disposición de Baja California que autorizaba la portación fuera de
servicio. Determinó que esa regulación correspondía a la Federación. Leer
aquella resolución como una declaración de que los policías no necesitan
protección sería equivocar el debate: el problema resuelto fue quién tenía
facultades para legislar.
La legislación
federal vigente exige la licencia correspondiente para portar armas y sujeta a
los integrantes de las instituciones policiales a condiciones y requisitos
legales (las famosísimas Licencias Oficiales Colectivas “LOCs”). Además,
contempla licencias particulares cuya necesidad puede justificarse, entre otros
motivos, por la ocupación de quien las solicita (que siempre han sido
complicadas de conseguir, pero desde la administración federal pasada es más
fácil encontrar un elefante morado que la aprobación de una licencia de
portación individual). Por eso, la discusión debe centrarse en cómo construir
una autorización específica, jurídicamente sólida y operable, sin confundirla
con la portación institucional que ya existe.
En mi opinión
(que nadie me pidió pero la externaré), abrir esa posibilidad es razonable. Si
un elemento policial enfrenta riesgos y muchas veces amenazas por haber
cumplido con su trabajo, el Estado debe ofrecerle opciones reales de
protección. Sería difícil justificar que se le exija enfrentar riesgos en
nombre de la sociedad y después se considere que su seguridad personal es un
asunto ajeno a la institución en cuanto termina la jornada.
Sin embargo,
existe una distancia enorme entre permitirle defenderse y dejarlo encargado de
su propia supervivencia. La propuesta impulsada por el diputado Juan Manuel
Molina García plantea una licencia individual especial. Según el comunicado del
Congreso, incluiría capacitación continua, evaluaciones psicológicas y
psiquiátricas periódicas, revisión de antecedentes penales y disciplinarios,
registro del arma y obligación de reportar incidentes. También contempla
sanciones. Son elementos que merecen discutirse con seriedad; su valor
dependerá de cómo se apliquen y supervisen (y la verdad, hasta ahí todo
excelente, muchos compañeros y compañeras estarán de acuerdo conmigo que no
habría ningún problema por tener controles respecto a esta posibilidad que
permitiría mantener su seguridad y la de sus familias).
El tema aquí
es que escribir “capacitación continua” resulta sencillo (en teoría porque en
muchas entidades ni se cumple). Lo complicado es asignar instructores,
instalaciones, municiones, tiempo de servicio y presupuesto. La reforma debería
aclarar quién pagará todo eso. Si el policía tiene que cubrir de su bolsillo el
entrenamiento, las evaluaciones y los trámites, la protección terminará
dependiendo de su capacidad económica. Sin embargo, la verdad, es que, de nuevo
la gran mayoría estaríamos de acuerdo en cubrir el costo de los cartuchos.
La preparación
tampoco debería reducirse a acertarle a una silueta (las cartulinas no disparan
de regreso). Propongo que incluya decisiones bajo presión, protección de
terceros, medicina táctica, disparo en condiciones bajas de luz, manejo seguro,
comprensión de las consecuencias jurídicas de intervenir entre otros. Un elemento
policial que descansa viste de civil y está acompañado por su familia enfrenta
circunstancias distintas a las de una intervención con compañeros, comunicación
y respaldo operativo. La formación tendría que reconocer esa diferencia.
Pensemos en dos
situaciones hipotéticas pero reales: 1) un policía fuera de servicio presencia
una agresión mientras está con sus hijos. La pregunta profesional no puede
limitarse a si lleva un arma. Debe incluir qué está ocurriendo, quiénes están
expuestos y qué decisión ofrece mejores posibilidades de preservar vidas. Una
política responsable tendría que prepararlo para resolver ese dilema, sin
convertir cada momento de descanso en una obligación de actuar como si
estuviera desplegado. 2) a veces la sociedad no se para a pensar el verdadero
significado de la paranoia, pero los que hemos estado en servicio en policías
municipales lo sabemos muy bien. Cuando trabajas en un estado o para la federación
y existen amenazas o existió un evento de relevancia, por motivos de seguridad
te pueden cambiar de estado o de región. Sin embargo, en un municipio eso no es
posible…un elemento policial entra a una tienda en su día de descanso de la
mano de su hija pequeña que le pidió un chocolate y de frente se encuentra a
dos personas a las cuales detuvo por delitos contra la salud y la ley de armas
de fuego y explosivos...igual no queda en mas de un intercambio de miradas…y si
no? Como se va a defenderse a él y a su hija si no trae (como se dice
coloquialmente) “¿con queso las quesadillas?”
También hacen
falta reglas claras sobre resguardo domiciliario, consumo de alcohol, pérdida
del arma, suspensión de la autorización y atención de señales de riesgo. Estos
asuntos deberían quedar expresamente resueltos en el diseño normativo y
operativo. La protección del agente debe considerar a quienes viven con él y a
las personas con las que convive.
En ese
terreno, la atención psicológica y salud mental merece algo mejor que una firma
en un expediente. Debería haber acceso oportuno y confidencial a apoyo
profesional, junto con procedimientos claros cuando sea necesario restringir
temporalmente la portación. Pedir ayuda no tendría que convertirse, por sí
mismo, en una marca de incapacidad. Hay que construir condiciones para que el
personal busque atención antes de llegar a una crisis.
Ahora bien,
ninguna de esas medidas sustituye el análisis de los riesgos así como la
investigación de las amenazas. Si un policía informa que lo siguen, que conocen
su domicilio o que han intimidado a su familia, la respuesta institucional
debería (“debería…”) activar una evaluación de riesgo, medidas de protección y
una investigación. Entregarle una autorización y desearle suerte sería una
manera muy cómoda de trasladarle el problema.
La discusión
federal tendría que incluir ese compromiso. ¿Quién recibe una alerta? ¿En
cuánto tiempo debe responder? ¿Qué protección se ofrece a la familia? ¿Cuándo
procede un cambio de adscripción? ¿Quién verifica que la amenaza se investigue?
Son preguntas menos vistosas que una fotografía de la votación, pero mucho más
útiles para quien teme no regresar a casa.
También
convendría evitar una promesa que las fuentes revisadas no permiten sostener:
que ampliar la portación reducirá, por sí sola, los asesinatos de policías.
Para defender esa afirmación haría falta evaluar resultados, circunstancias y
posibles efectos adversos. La intención de proteger es legítima; la eficacia
debe comprobarse.
Por eso
propondría acompañar cualquier reforma con seguimiento público: agresiones
contra elementos policiales fuera de servicio, incidentes con armas
autorizadas, robos o extravíos, daños a terceros y cumplimiento de la
capacitación. Con protección de los datos personales, esa información
permitiría corregir lo que falle. El éxito tendría que medirse en vidas protegidas,
no solamente en licencias expedidas y desgraciadamente…esto ocurriría a través
del tiempo transcurrido.
Felicidades al
Estado de Baja California ha llevado una preocupación válida al ámbito donde
puede discutirse una reforma federal. Vale la pena respaldar ese debate y
exigirle profundidad. Los policías necesitan certeza jurídica, preparación y
medios de defensa; también necesitan instituciones que respondan cuando están
amenazados.
El turno
termina. La responsabilidad del Estado hacia quienes arriesgan la vida a su
servicio no debería terminar con él y la frase “cuidar a quien nos cuida”
comienza a tomar mayor relevancia.
hidalgomontes@gmail.com

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