Hacia una cultura del bienestar mental policial: una urgencia social
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Cuando
hablamos de seguridad ciudadana, solemos concentrarnos en cifras de homicidio,
robos, extorsiones y presencia policial en las calles. Sin embargo, un factor
crucial y muchas veces invisibilizado (a veces de forma inadvertida y otras
“convenientemente”) es el bienestar emocional, psicológico y social de quienes
portan el uniforme: los elementos de las fuerzas policiales. Hoy, más que
nunca, una cultura de bienestar mental no es un lujo ni una concesión benévola:
es una inversión estratégica en legitimidad, eficacia y que créalo o no, incide
en el respeto de los derechos humanos tanto de ciudadanos, elementos policiales
y hasta de probables responsables de la comisión de algún delito.
Las instituciones
policiales trabajan cotidianamente expuestas a factores de alto riesgo mental:
confrontaciones violentas, accidentes, intervenciones en escenas traumáticas,
presión institucional, intransigencias por parte de miembros de la comunidad (se
tenía que decir y se dijo) así como quejas ciudadanas. Estos elementos los
colocan en mayor probabilidad de padecer trastornos como depresión, ansiedad,
estrés postraumático (TEPT), abuso de sustancias o ideación suicida. En el
ámbito internacional, se observa con claridad que los cuerpos policiales
registran índices de trastornos mentales por encima del promedio poblacional.
Pero no basta
con señalar el problema: lo que marca la diferencia es el entorno
organizacional. La cultura policial (con su énfasis en fortaleza, disciplina y
control) muchas veces estigmatiza la expresión de vulnerabilidad. En otros
términos: un elemento policial que acude a terapia puede verse como “débil”,
“no apto”, “traidor” al espíritu de cuerpo. Esa presión silente inhibe la
búsqueda de ayuda.
Por ejemplo, en
un estudio cualitativo en Reino Unido donde, como en muchos países, si se hacen
investigaciones científicas enfocadas a las instituciones policiales(cof, cof),
exfuncionarios policiales relataron que la mentalidad interna les impedía
compartir el peso emocional del oficio: “todo se internaliza, todo se asimila
como parte del deber”. En otro trabajo, la “cultura policial” se identifica
como un factor de riesgo para que los oficiales eviten acudir a servicios de
salud mental, por temor al juicio institucional o la repercusión profesional.
Este ciclo (riesgo
psicológico + estigma institucional) reproduce silencios que afectan no solo al
agente sino al ciudadano: un policía emocionalmente desgastado puede reaccionar
con menor empatía, mayor rigidez o responder indebidamente ante crisis. En ese
espacio, se erosiona la confianza pública, precisamente cuando más se necesita.
El adoptar una cultura de bienestar
mental de las instituciones policiales no es “un gasto social opcional”, sino
una política de mejora organizacional con, al menos, 4 efectos multiplicadores:
1. Mejor
desempeño y vigilancia de calidad: Un policía que cuenta con herramientas
para gestionar estrés, trauma o desgaste emocional estará en mejores
condiciones de tomar decisiones con mesura, calma y profesionalismo.
2. Prevención
de errores críticos: Estudios muestran que las intervenciones psicológicas
(como terapia cognitivo-conductual, programas de respiración, mindfulness)
pueden reducir manifestaciones de violencia, conductas reactivas o uso excesivo
de fuerza. En México, un proyecto piloto con policías de la Ciudad de México
aplicó técnicas de cambio de hábitos y meditación, con buena aceptación. Pero
como todo en este país al cambio de jefes o administración, las buenas
prácticas se olvidan o ignoran.
3. Salud
laboral y retención del capital humano: Las instituciones policiales que
descuidan la salud mental enfrentan ausentismo, renuncias prematuras,
incapacidades psicológicas y desgaste institucional. Invertir en salud mental
es, al fin, proteger a su propio recurso más valioso: su gente.
4. Legitimidad
y confianza social: Cuando la ciudadanía percibe que los policías son
tratados como seres humanos (y no como máquinas de seguridad), se favorece un
círculo virtuoso de respeto mutuo y colaboración ciudadana.
Las buenas
prácticas existentes lo confirman. En el informe “Best Practices to Advance
Officer Wellness” del Departamento de Justicia de EE. UU., se recopilan
programas exitosos de bienestar integral (físico, emocional, social) con
evidencia creciente de su eficacia. Asimismo, se recomienda que las agencias
recopilen datos, realicen evaluaciones constantes y promuevan una cultura de
salud mental como parte del deber policial, no como un añadido.
Pero…si la
solución es clara, ¿por qué pocas policías la adoptan de forma efectiva? Los
obstáculos son varios:
a) Resistencia
cultural: La tradición policial tiende a valorar el “aguante”, la
disciplina férrea y el sacrificio silencioso. Esto aún opera como norma no
escrita en muchos cuerpos.
b) Falta
de capacitación y sensibilidad de liderazgo: Muchos mandos intermedios
desconocen los efectos del trauma psicológico o ni siquiera lo consideran como
parte de la responsabilidad institucional. Ante ello, los programas de
bienestar pueden verse como “blandos” o secundarios.
c) Insuficiente
presupuesto o prioridades contrapuestas: Las fuerzas policiales a menudo
operan con restricciones presupuestarias importantes, que priorizan
equipamiento, patrullas o armamento, relegando lo “blando” a segundo plano.
d) Carencia
de estructuras de salud mental integradas: No basta con tener psicólogos
aislados; es necesario disponer de unidades especializadas, protocolos
confidenciales, seguimiento institucionalizado y redes de apoyo.
e) Miedo
a repercusiones profesionales: Si un agente asume que acudir a terapia será
utilizado en su contra (evaluaciones, promociones, expedientes), el incentivo
es no hacerlo.
Estas barreras
exigen algo más que discursos: requieren transformaciones tácticas y simbólicas
simultáneas.
Fomentar una
cultura de bienestar mental policial no es suavizar exigencias, sino fortalecer
raíces. Cuando un agente puede expresar su angustia, reconocer su desgaste,
gestionar su estrés y encontrar apoyo profesional, se le dota de herramientas
internas que se traducen en mejores relaciones con ciudadanos, decisiones más
calibradas bajo tensión y reducción de errores trágicos.
La
transformación de una cultura policial exige paciencia, voluntad política y
persistencia. No bastan memorandos: deben acompañarse de acciones visibles,
presupuestos reales y señales simbólicas. Imaginemos por un momento un
operativo donde la planificación incluya no solo logística y táctica, sino
pausas psicológicas, monitoreo emocional de los agentes y apoyo posterior. Eso
no debilita la institución: la robustece.
En un país
como el nuestro, donde la relación entre policía y ciudadanía está marcada por
desconfianza y heridas, construir fuerzas policiales con salud mental no es
solo un acto de justicia interna: es un acto de responsabilidad pública. Una
policía emocionalmente sana es más justa, más eficiente y más digna.
Que en cada institución
federal, estatal y municipal nazca la política de bienestar mental no como un
adorno progresista, sino como un eje central de su función. No es un reclamo
secundario: es una deuda con quienes cuidan nuestra seguridad y con la propia
seguridad del país. Donde muchas veces se cree que solo se necesita un sueldo y
equipo para realizar el servicio policial dejando de largo que lo mas valioso
de una institución que se dedica a la aplicación de la ley es su capital
humano.
hidalgomontes@gmail.com
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