lunes, 22 de junio de 2026

La fragmentación criminal: el nuevo mapa del crimen organizado (y dolor de cabeza) en México

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

Durante décadas, el debate sobre la seguridad en México giró en torno a grandes organizaciones criminales encabezadas por figuras casi míticas. Desde nombres como Miguel Ángel Félix Gallardo, Amado Carrillo Fuentes (“El Señor de los Cielos”), pasando por Joaquín Guzmán Loera (“El Chapo”), Ismael Zambada García (“El Mayo”) y Nemesio Oseguera Cervantes (“El Mencho) marcaron una etapa histórica donde el poder criminal se concentraba en estructuras relativamente verticales, capaces de controlar extensos territorios, coordinar cadenas internacionales de suministro de drogas y mantener interlocución con actores políticos, económicos y criminales. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos meses sugieren que esa etapa está llegando a su fin.

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, ocurrida durante un operativo de fuerzas federales mexicanas apoyado por inteligencia estadounidense (aunque no se quiera a veces reconocer) en febrero de 2026, representó mucho más que la caída de uno de los narcotraficantes más buscados del mundo. Significó el golpe definitivo contra el último gran liderazgo criminal capaz de mantener cohesionado un aparato delictivo de alcance nacional e internacional.

Paralelamente, la situación del llamado Cártel de Sinaloa evidencia una transformación igualmente profunda. Diversas investigaciones periodísticas y documentos judiciales estadounidenses han confirmado que integrantes de la facción de Los Chapitos, incluidos Ovidio Guzmán López y Joaquín Guzmán López, han entrado en procesos formales de cooperación con autoridades federales de Estados Unidos.

Lo anterior no significa que el narcotráfico haya desaparecido ni que las organizaciones criminales hayan sido derrotadas, significa algo más complejo: el modelo tradicional de los grandes cárteles está dejando de existir. La pregunta importante (odiosa por cierto) bajo esta premisa sería: ¿Está el Estado Mexicano para dar frente a esta mutación delincuencial?

Por ejemplo, hablar hoy del “Cártel de Sinaloa” como una organización monolítica resulta cada vez menos preciso. La confrontación entre las facciones de Los Chapitos y los grupos leales a Ismael Zambada, las rupturas internas, las capturas, extradiciones y acuerdos judiciales han provocado una fragmentación que recuerda procesos observados anteriormente en Colombia tras la caída del Cartel de Medellín o en México después de la desintegración de los Beltrán Leyva.

Aquí surgen otras dos preguntas relevantes (jodonas como piedrita en el zapato): ¿Quién controlará el próximo gran cártel? y ¿Qué ocurrirá cuando ya no existan grandes cárteles?.

La experiencia internacional muestra que la fragmentación criminal rara vez produce paz. Por el contrario, suele generar un ecosistema compuesto por decenas o cientos de células más pequeñas, menos visibles, más violentas y con fuertes raíces territoriales.

En ese escenario, el narcotráfico deja de ser la única actividad relevante, tal y como ya se ha empezado a ver en México. Las organizaciones diversifican riesgos y ganancias mediante extorsión, secuestro, cobro de piso, tráfico de migrantes, tala ilegal, minería clandestina, robo de hidrocarburos, fraude, explotación sexual y control de mercados locales.

Es decir, pasan de ser empresas criminales orientadas a la exportación a convertirse en depredadores de las economías regionales. En pocas palabras “le tiran a lo que se mueva” …como amigo con pie plano: “pisan parejo”. Ya existen señales de esta transición en diversas regiones del país. Mientras las grandes rutas internacionales continúan siendo importantes, el control de territorios, comunidades, actividades económicas locales y cadenas logísticas se ha convertido en un activo estratégico tan valioso como el tráfico de drogas.

Por ello, el Estado mexicano debe evitar caer en una lectura triunfalista de los acontecimientos recientes. En primer lugar porque bajo ningún motivo se han desmantelado estas estructuras delincuenciales, aún existen operadores de las mismas que no han sido detenidos, enjuiciados y sentenciados y por último es que (desgraciadamente) parte de los buenos resultados que en esta administración se han tenido, han sido parte de presión externa (de Washington concretamente) y no de verdadera voluntad interna.

La captura o muerte de líderes históricos representa un éxito operativo importante. Sin embargo, la historia demuestra que la decapitación de organizaciones delincuenciales no garantiza por sí misma una reducción sostenible de la violencia. Diversos estudios académicos han advertido que la simple eliminación de liderazgos suele generar reacomodos internos, disputas sucesorias y nuevas dinámicas de reclutamiento criminal.

La siguiente fase exigirá capacidades distintas. México necesitará fortalecer la inteligencia territorial, las investigaciones patrimoniales, la persecución financiera, los mecanismos anticorrupción y la coordinación interinstitucional. También deberá consolidar policías locales profesionales capaces de comprender dinámicas delincuenciales específicas de cada región, algo imposible de lograr mediante estrategias uniformes aplicadas desde el centro del país. Debemos aceptar que la fenomenología delincuencial en México es heterogénea y necesitamos mandos policiales con verdadera capacidad de generar estrategias diferenciadas para ello.

Asimismo, será indispensable fortalecer fiscalías autónomas (pero autónomas de verdad), sistemas de análisis criminal e instrumentos de prevención social que reduzcan la capacidad de reclutamiento de estas nuevas estructuras fragmentadas.

La cooperación bilateral (y también la presión) con Estados Unidos seguirá siendo un factor determinante (nos guste o no). Los recientes resultados operativos muestran niveles de intercambio de inteligencia sin precedentes entre ambos gobiernos. Sin embargo, la verdadera medida del éxito no será cuántos líderes son capturados o abatidos, sino, si el Estado logra impedir que las organizaciones fragmentadas ocupen nuevamente los espacios que dejan quienes caen.

La era de los grandes capos parece estar terminando. Sin embargo, la era de las redes criminales fragmentadas apenas comienza y esa puede ser una amenaza mucho más difícil de combatir (si no nos ponemos truchas).

hidalgomontes@gmail.com






lunes, 15 de junio de 2026

La guerra de los símbolos: Trump, el Tren de Aragua y el mensaje para los cárteles mexicanos

 

Por: Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

El pasado 12 de junio, las fuerzas armadas y las agencias de inteligencia de Estados Unidos en coordinación (forzada) de autoridades venezolanas lanzaron un ataque quirúrgico en el estado venezolano de Bolívar. Una imagen que enfoca una casa con techumbre de color verde, es un bonito día soleado y de repente… ¡Pum!, onda, expansiva y humo que develan un camino de muerte y destrucción (y un craterzote del tamaño del carajo)…la víctima, el líder de la organización criminal transnacional de origen venezolano “Tren de Aragua”, Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”. Su partida de este plano terrenal marca un punto de inflexión no solo en la evolución de esta estructura delincuencial, sino también en la forma en que los gobiernos comunican sus éxitos en materia de seguridad. El hecho habría pasado a formar parte de la larga lista de operaciones contra objetivos de alto valor alrededor del mundo, de no ser porque el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió anunciarlo personalmente mediante un video difundido en sus redes sociales, acompañado de un mensaje triunfalista que presentó la operación como una victoria estratégica contra una de las organizaciones criminales más violentas del continente.

 

De acuerdo con información difundida por el gobierno estadounidense y confirmada posteriormente por autoridades venezolanas, Guerrero murió durante una operación coordinada entre el Comando Sur de Estados Unidos y fuerzas de seguridad venezolanas. Trump calificó la acción como un “ataque rápido y letal” (literal: ¿on´ ta’ la casa?….¡ya no ta’ la casa!) contra quien describió como uno de los criminales más peligrosos del hemisferio occidental, difundiendo incluso imágenes del supuesto ataque.

 

Desde la perspectiva policiológica y criminológica, la desaparición física de un líder criminal raramente implica la desaparición de la organización que encabeza (si no pregúntenle al cartel de Sinaloa, al CJNG). La experiencia internacional demuestra que las estructuras criminales modernas poseen mecanismos de resiliencia, descentralización y sucesión que les permiten sobrevivir a la captura o muerte de sus dirigentes ya que son “empresas delincuenciales”. Ocurrió con organizaciones mafiosas italianas, con grupos insurgentes colombianos y con numerosos cárteles latinoamericanos. El Tren de Aragua, cuya expansión alcanzó países como Colombia, Perú, Chile, Ecuador, Brasil, México y Estados Unidos, ha evolucionado desde una pandilla penitenciaria venezolana hacia una red delincuencial multinacional dedicada a la trata de personas, extorsión, tráfico de migrantes, secuestro, narcotráfico, tráfico de armas y lavado de dinero.

 

A corto plazo, la muerte de Guerrero probablemente generará disputas internas por el control de rutas, mercados ilícitos y estructuras de mando (como casi siempre ocurre). Estas luchas sucesorias suelen traducirse en incrementos temporales de violencia, fragmentación operativa y aparición de nuevas facciones. Sin embargo, también pueden representar oportunidades para las autoridades si logran explotar las fracturas internas mediante inteligencia financiera, cooperación internacional y persecución judicial coordinada (como decía la vieja táctica romana “dividem et imperam”/”divide y vencerás”).

 

No obstante, el aspecto más relevante de este episodio quizá no sea la eliminación del líder criminal, sino la forma en que fue comunicada. Trump no permitió que la operación hablara por sí misma. La convirtió en un mensaje político. Al aparecer como el principal vocero del éxito operativo, el mandatario estadounidense proyectó una imagen de liderazgo, capacidad ofensiva y determinación. El destinatario inmediato fue la opinión pública estadounidense. Sin embargo, existieron otros receptores igualmente importantes: las organizaciones criminales de toda América Latina.

 

La comunicación estratégica forma parte de cualquier conflicto. Los gobiernos buscan enviar mensajes de disuasión a quienes consideran amenazas. Al exhibir públicamente la neutralización de un objetivo de alto valor, Washington construye una narrativa donde ningún líder criminal puede considerarse fuera de su alcance. El mensaje es sencillo: si Estados Unidos considera que una organización representa una amenaza directa a su seguridad nacional, sus dirigentes pueden convertirse en blancos prioritarios independientemente de la frontera donde se encuentren.

 

Es precisamente aquí donde México debe prestar atención ("Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar"). Durante los últimos años, la administración Trump ha elevado progresivamente el discurso contra organizaciones criminales mexicanas, impulsando su tratamiento bajo esquemas propios de la lucha contra el terrorismo. La designación de diversas organizaciones criminales transnacionales como amenazas de seguridad nacional y el lenguaje utilizado por funcionarios estadounidenses apuntan hacia una narrativa cada vez más agresiva. Desgraciadamente el discurso de la administración federal mexicana así como las pruebas tangibles de las acciones hacia grupos delincuenciales no ha sido congruente en algunas ocasiones. Sería absurdo no reconocer que se han hecho avances significativos, sobre todo, después de la pésima política de “abrazos y no balazos” Sin embargo, dichos avances son mínimos a ojos del inquilino de la casa blanca

 

La difusión pública de la muerte de “Niño Guerrero” puede interpretarse como un ejercicio de marketing político, pero también como una demostración de capacidades (un…¿ya ven lo que podemos hacer?). El verdadero valor del video no radica en mostrar la operación, sino en construir un precedente psicológico. Los líderes criminales mexicanos observan ahora un escenario en el que la persecución internacional puede trascender los mecanismos tradicionales de extradición y cooperación judicial para transformarse en una campaña permanente de presión política, financiera, tecnológica y mediática.

Sin embargo, existe un riesgo inherente a esta estrategia. Cuando las operaciones de seguridad se convierten en espectáculos mediáticos, la línea que separa la comunicación institucional de la propaganda política puede volverse difusa. La historia demuestra que la excesiva personalización de los éxitos gubernamentales genera incentivos para privilegiar acciones de alto impacto mediático sobre estrategias de largo plazo orientadas al fortalecimiento institucional. La eliminación de un líder puede producir titulares; la construcción de instituciones sólidas produce resultados duraderos.

Para México, la lección es doble. Por un lado, la caída de “Niño Guerrero” confirma que la cooperación internacional sigue siendo una herramienta indispensable frente a organizaciones criminales transnacionales. Peeeeeeeeeeeeeeeeeero, por otro, evidencia que la seguridad ciudadana contemporánea también se libra en el terreno de la comunicación estratégica. Hoy los gobiernos no solo capturan o eliminan criminales; también administran narrativas (y la neta, la neta en México andamos fallones en eso).

La pregunta de fondo no es si la muerte del líder del Tren de Aragua debilitará a esa organización. La pregunta es si estamos observando el inicio de una nueva etapa en la que la exhibición pública de objetivos criminales abatidos se convierta en una herramienta sistemática de presión psicológica contra los grandes capos de América Latina. Si esa es la intención, los líderes de las organizaciones criminales mexicanas seguramente ya entendieron el mensaje…no importa donde se escondan o quien los proteja, sabemos en donde están y se encuentran a un click de computadora de tener la oportunidad de entregar en primera persona el equipo al creador.

hidalgomontes@gmail.com




domingo, 7 de junio de 2026

 Goles para la delincuencia: piratería, lavado de dinero y mercados ilícitos en tiempos de Mundial

 

Por Guillermo Alberto Hidalgo Montes

 

Cuando pensamos en la Copa Mundial de la FIFA 2026 solemos imaginar estadios llenos, fiesta desenfrenada, hoteles con reservaciones al 100%, restaurantes repletos y millones de turistas recorriendo (y gastando) en las calles de México. Sin embargo, existe otra economía que también se prepara para el evento deportivo más importante del planeta: la economía delincuencial.

Mientras gobiernos, empresas y ciudadanos esperan una derrama económica histórica, organizaciones delincuenciales ya visualizan (y se relamen los bigotes) oportunidades de negocio que poco tienen que ver con el deporte y mucho con la obtención de ganancias ilícitas. Las actividades que generan dichas ganancias destacan la trata de personas (con fin de explotación sexual), el narcotráfico, y muchas otras más, entre estas destaca una actividad que frecuentemente es minimizada por la opinión pública: la piratería.

Para muchos consumidores, adquirir una camiseta apócrifa (pirata, pa´los compas), una gorra falsificada o recuerdos no autorizados puede parecer una falta menor o incluso una práctica culturalmente aceptada (al menos en México). Sin embargo, detrás de una parte importante de estos productos existe una compleja estructura financiera que permite a grupos delincuenciales generar recursos, ocultar ganancias ilícitas y fortalecer economías paralelas que compiten directamente con la economía formal.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que el comercio mundial de mercancías falsificadas y pirateadas alcanzó aproximadamente 467 mil millones de dólares, equivalentes al 2.3% de las importaciones mundiales. Estudios previos elaborados conjuntamente por la OCDE y la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO) habían calculado incluso montos cercanos a los 509 mil millones de dólares anuales. Estas cifras no incluyen la producción local ni el comercio digital ilegal, por lo que el fenómeno real es considerablemente mayor.

La fiesta del Mundial de Fútbol representa un escenario ideal para este mercado ilícito. La demanda de camisetas, gorras, bufandas, banderas, souvenirs, productos electrónicos, transmisiones digitales ilegales y artículos coleccionables se multiplica exponencialmente. La enorme cantidad de visitantes dificulta la fiscalización, mientras que el volumen de transacciones permite ocultar mercancía ilegal entre actividades aparentemente legítimas.

Las autoridades mexicanas parecen ser conscientes de este riesgo. Durante los meses previos a la cita mundialista ya se han registrado operativos contra mercancía falsificada relacionada con el torneo, particularmente en algunos de los mercados más emblemáticos del país. Las acciones gubernamentales responden no solamente a la protección de derechos de propiedad intelectual (que la FIFA se ha puesto particularmente “quisquillosa” para esta edición), sino también a la necesidad de evitar que estos mercados se conviertan en fuentes masivas de financiamiento para estructuras delincuenciales.

El problema va más allá de la simple venta de productos piratas. La piratería constituye un mecanismo eficaz para el lavado de activos. El modelo es relativamente sencillo: recursos obtenidos mediante actividades ilícitas como narcotráfico, extorsión o contrabando pueden mezclarse con ingresos derivados de la venta masiva de mercancía falsificada. El resultado es una aparente actividad comercial legítima que dificulta rastrear el origen real del dinero. En pocas palabras, se disfrazan las ganancias de delitos graves y violentos a través de una actividad socialmente aceptada y muchas veces tolerada.

Desde la perspectiva criminológica, esta práctica forma parte de lo que algunos especialistas denominan mercados delincuenciales convergentes. Es decir, estructuras delincuenciales que participan simultáneamente en diversas actividades ilícitas aprovechando las mismas redes logísticas, financieras y de corrupción. Los mismos corredores utilizados para introducir mercancía falsificada pueden emplearse para el contrabando de otros productos ilegales (drogas, armas, medicamentos falsificados, precursores químicos controlados), mientras que las redes de distribución clandestina permiten mover dinero y mercancías con relativa facilidad.

La experiencia internacional demuestra que la piratería no debe analizarse únicamente como una infracción comercial. Diversos organismos especializados han documentado vínculos entre el comercio de productos falsificados y redes de delincuencia organizada transnacional. El atractivo es evidente: se trata de una actividad con altos márgenes de ganancia, menores riesgos operativos que otros delitos y una percepción social relativamente tolerante.

México enfrenta además una condición geográfica particularmente compleja (pa´acabarla de fregar). Además de ser un importante mercado consumidor, diversos estudios internacionales lo identifican como país de tránsito para mercancía falsificada proveniente principalmente de Asia con destino hacia Estados Unidos, Centroamérica y Sudamérica. Esto convierte al país en un punto estratégico dentro de cadenas globales de comercio ilícito.

El desafío para las autoridades no consiste únicamente en decomisar productos. La verdadera tarea es seguir la ruta del dinero. Cada camiseta falsificada vendida en las inmediaciones de un estadio puede representar una pequeña fracción de una estructura financiera mucho más amplia. La persecución delincuencial efectiva requiere inteligencia financiera, cooperación internacional (que la neta, la neta andamos un poco bajones en estos días), fortalecimiento aduanero (aquí si estamos en el hoyo), vigilancia del comercio electrónico y coordinación entre instituciones de seguridad, fiscalización y procuración de justicia.

Desde una perspectiva de política pública, el Mundial 2026 representa una oportunidad única para fortalecer capacidades institucionales que permanecerán mucho después de que termine el torneo. Si nuestro país logra desarrollar mecanismos eficaces contra la economía ilícita asociada a la piratería, los beneficios trascenderán el ámbito deportivo y contribuirán al debilitamiento de organizaciones delincuenciales que hoy encuentran en estos mercados una fuente constante de ingresos.

Al final de cuentas, la discusión no trata únicamente de proteger marcas registradas o derechos comerciales de las mega corporaciones. Se trata de comprender que detrás de una economía paralela aparentemente “inofensiva” existen redes que erosionan la recaudación fiscal, afectan empleos formales, distorsionan mercados y, en algunos casos, contribuyen al fortalecimiento financiero de organizaciones delincuenciales que perpetua sus actividades principales (tráfico de drogas, personas, armas y un amplio etcétera).

Mientras millones de aficionados celebren los goles dentro de los estadios, el verdadero reto para las autoridades será evitar que, fuera de ellos, la delincuencia organizada también salga victoriosa.


hidalgomontes@gmail.com