México podría llegar a 2026 con menos asesinatos que en la última década… peeeero no necesariamente más seguro.
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
El gobierno mexicano
declara que, desde el inicio de la administración de la presente administración
federal iniciada en septiembre de 2024 y hasta noviembre de 2025, los
homicidios diarios se redujeron alrededor de 37%, de casi 87 asesinatos al día
a unos 55, según cifras oficiales presentadas por el Secretariado Ejecutivo del
Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Organismos y analistas
independientes han matizado ese optimismo: advierten sobre subregistros,
reclasificación de delitos y el crecimiento paralelo de las desapariciones y la
extorsión.
Al mismo
tiempo, la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad
Pública (ENVIPE) 2024 muestra que más de una cuarta parte de los hogares
(27.5%) fue víctima de algún delito en 2023 y que la percepción de inseguridad
sigue siendo mayoritaria.
Con estos
antecedentes, el pronóstico para 2026 apunta a un país donde la violencia letal
podría descender en el promedio nacional, pero concentrarse aún más en ciertos
territorios; donde la delincuencia organizada ejerza control fragmentado, pero
eficaz, sobre economías locales; y donde la brecha entre los números oficiales
y la experiencia cotidiana de la ciudadanía siga siendo motivo de desconfianza.
Para poder entender mejor los escenarios probables de este año por iniciar,
debemos entender cuatro factores clave:
1. Homicidios: tendencia a la
baja, pero con “focos rojos”
En 2023,
México cerró con una tasa aproximada de 24 homicidios por cada 100 mil
habitantes, de acuerdo con datos consolidados del Secretariado Ejecutivo y
análisis de medios especializados. Aunque esa cifra sigue siendo muy alta,
supone una ligera disminución respecto al pico observado entre 2018 y 2020. El
Índice de Paz México 2023 ya advertía un escenario de “meseta violenta”: la
tasa de homicidios en 2022 aún era 62.6% mayor que en 2015, pese a pequeños
avances recientes.
Si las
políticas actuales continúan (refuerzo operativo de la Guardia Nacional,
despliegues militares focalizados, detenciones masivas y énfasis en
inteligencia táctica) es razonable anticipar para 2026 una disminución
adicional de los homicidios a nivel nacional, pero con tres matices:
- Persistencia de “zonas de guerra” locales.
Entidades como Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Colima o Baja California
han acumulado tasas de homicidio y eventos de violencia extrema que las
colocan de forma recurrente en los primeros lugares del país.
- Picos de violencia tras rupturas internas.
La fragmentación de cárteles y grupos regionales genera ciclos de
violencia abrupta cuando se rompe un equilibrio criminal o se disputa una
plaza estratégica (puertos, cruces fronterizos, ciudades intermedias).
- Homicidios que “desaparecen” de las
estadísticas. Colectivos de familiares y organizaciones de derechos
humanos subrayan que la baja en asesinatos convive con un aumento de la
desaparición de personas y el hallazgo de sitios de exterminio, como el
descubierto en 2025 en Teuchitlán, Jalisco.
El resultado probable: un 2026 con menor promedio diario de
homicidios, pero con altísimos niveles de violencia en alrededor de 50 a 80
municipios clave, y con una cifra de personas desaparecidas que seguirá
creciendo.
2. Delincuencia organizada:
menos “megacárteles”, más gobernanza criminal local
Los análisis
recientes sobre delincuencia organizada en México indican un cambio de modelo:
menos estructuras monolíticas y más redes flexibles, que combinan tráfico de
drogas con ambientales. Para 2026, es previsible que continúen al menos cinco
tendencias:
- Economía criminal diversificada. La renta
por drogas sintéticas (en particular el fentanilo y sus precursores)
coexistirá con negocios altamente rentables como la extorsión a comercios,
el cobro de piso, el control de cargas en carreteras y la captura de
contratos públicos locales.
- Control territorial “silencioso”. En varios
municipios –sobre todo en el sur-sureste y el corredor Pacífico– el
objetivo de la delincuencia no será exhibir violencia espectacular, sino
asegurar la lealtad forzada de autoridades municipales, policías y
empresarios.
- Mayor uso de tecnologías baratas. El uso de
drones, comunicación encriptada, minería ilegal de criptomonedas y
ciberfraudes seguirá en aumento, aprovechando la debilidad regulatoria y
de capacidades técnicas de las policías.
- Violencia política focalizada. Tras un ciclo
electoral federal extremadamente violento en 2024, estudios sobre
violencia política muestran una clara correlación entre presencia de delincuencia
organizada y asesinatos o agresiones contra autoridades y candidatos.
Aunque 2026 no es año de elección presidencial, sí habrá disputas locales
por presupuestos, obras y mandos policiales; la violencia podría ser menos
visible a nivel nacional, pero muy intensa en municipios estratégicos.
- Reclutamiento de jóvenes en contextos de
precariedad. Sin cambios estructurales en educación, empleo y
movilidad social, la delincuencia organizada mantendrá una ventaja
comparativa: ofrece salario inmediato, sentido de pertenencia y un
“proyecto de vida” (por más destructivo que sea) frente a la ausencia de
oportunidades legales.
3. El eslabón más débil:
policías municipales y estatales
Como ya hemos
tocado en diferentes ocasiones en este espacio, diversos diagnósticos coinciden
en que las policías locales son el punto crítico del sistema de seguridad
mexicano. Este factor sigue considerándose “el eslabón más débil de la cadena
de seguridad pública”, por sus bajos salarios, falta de capacitación, escasez
de prestaciones, sobrecarga de trabajo y vulnerabilidad frente a la corrupción
y la cooptación criminal.
Al mismo
tiempo, ejercicios de diagnóstico estatales revelan brechas significativas en
certificación, equipamiento y profesionalización, pese a algunos avances en
control de confianza y formación continua. Organizaciones como México Evalúa
han propuesto un “salario digno policial” y la consolidación de una carrera
profesional que permita retener talento, reducir la rotación y blindar a los
agentes frente a la captura criminal.
De cara a 2026 cabe anticipar un
escenario mixto:
- Intervenciones y “limpias” de instituciones.
Desde 2025 se han intensificado los procesos de desarme e intervención de
policías municipales ligadas a corrupción o colusión con la delincuencia
(simple y/u organizada), como parte del Modelo Nacional de Policía y
Justicia Cívica 2025–2030. Es razonable esperar que esta tendencia
continúe, sobre todo en municipios con indicadores de riesgo elevados.
- Brecha de capacidades entre estados. Algunas
entidades que han invertido durante años en profesionalización, controles
internos y tecnologías (como ciertos estados del norte y centro del país)
mostrarán resultados más consistentes; otras seguirán dependiendo casi por
completo de fuerzas federales.
- Guardia Nacional como “parche” permanente.
Mientras no se consoliden policías locales fuertes, la Guardia Nacional
continuará asumiendo tareas de seguridad de proximidad para las que no fue
diseñada originalmente, sosteniendo una militarización de facto del
espacio público.
En resumen, en
2026 la seguridad cotidiana que perciba la ciudadanía seguirá dependiendo,
sobre todo, de la solidez o fragilidad de su policía municipal y estatal.
4. Víctimas, justicia y
desapariciones: el gran pendiente
Aunque se
logren reducir los homicidios, la calidad del sistema de justicia penal será
determinante para evaluar la seguridad real del país. Un informe de Human
Rights Watch de 2025 documenta cómo el sistema de justicia mexicano sigue
fallando tanto a víctimas como a personas acusadas, con investigaciones
incompletas, uso excesivo de la prisión preventiva y estándares deficientes de
debido proceso.
En el terreno de la desaparición
de personas, la cifra acumulada supera las 120 mil personas no localizadas, con
estados como Jalisco en el centro de la crisis. El hallazgo de sitios de
exterminio y fosas clandestinas seguirá marcando la agenda pública en 2026, aun
si los homicidios registrados disminuyen.
La ENVIPE 2024 revela, además, un
dato preocupante para cualquier pronóstico: un amplísimo subregistro. La
mayoría de los delitos no se denuncian por desconfianza, pérdida de tiempo o
miedo a represalias. Mientras esa “cifra negra” no se reduzca, cualquier
descenso de los indicadores oficiales deberá tomarse con prudencia.
El reto para
2026 será menos “hacer bajar la gráfica” y más reconstruir la confianza:
que las personas perciban que denunciar vale la pena, que el Estado responde y
que el paso por el sistema de justicia no se convierte en una segunda
victimización.
Con base en
las tendencias descritas, pueden bosquejarse tres escenarios plausibles para la
seguridad en México en 2026:
a) Escenario inercial (el más
probable)
- El promedio nacional de homicidios baja
moderadamente respecto a 2023–2024.
- La violencia se concentra en un conjunto
relativamente estable de municipios, muchos de ellos en el Bajío, el
Pacífico y la frontera norte.
- La Guardia Nacional sigue siendo la principal
fuerza visible en calles y carreteras, mientras las policías locales
avanzan de manera desigual en profesionalización.
- La extorsión, el cobro de piso y los delitos
patrimoniales mantienen alta la victimización y la percepción de
inseguridad.
- La crisis de desapariciones se mantiene sin ruptura
clara, con hallazgos periódicos que conmocionan a la opinión pública, pero
sin una política de Estado verdaderamente integral.
b) Escenario de mejora
relativa (el que nos gustaría)
Este escenario requiere que en
2025–2026 se aceleren reformas ya en curso:
- Convergencia real entre el Modelo Nacional de
Policía y Justicia Cívica y la política de seguridad federal, con
incentivos presupuestales claros para profesionalizar policías locales.
- Fortalecimiento de fiscalías estatales y de la
Fiscalía General de la República en capacidades de investigación
financiera, inteligencia criminal y litigación estratégica.
- Políticas focalizadas de prevención social en los
municipios de mayor riesgo, con metas verificables en reducción de
reclutamiento juvenil por grupos criminales.
- Transparencia en cifras de homicidios,
desapariciones y delitos de alto impacto, con mecanismos externos de
auditoría estadística.
De
materializarse, México podría no solo tener menos homicidios en 2026, sino
también una ligera mejora en indicadores de percepción de seguridad, confianza
en instituciones y cohesión social.
c) Escenario de deterioro
focalizado
También existe el riesgo de una
reversión parcial:
- Reacomodos violentos entre grupos criminales tras
capturas de líderes o rupturas de pactos locales.
- Fatiga operativa y política en el despliegue
permanente de fuerzas federales, sin relevo efectivo de policías locales.
- Aumento de la violencia política local alrededor de
disputas por presupuestos, concesiones, obras públicas y control policial.
- Crisis económicas regionales que hagan más
atractivo el reclutamiento criminal para jóvenes y trabajadores
precarizados.
En este
escenario, el país podría seguir exhibiendo un descenso agregado de homicidios,
pero con estallidos de violencia extrema que desborden regiones completas.
Lo que habrá que mirar en 2026
Para evaluar
con honestidad cómo evoluciona la seguridad en nuestro país durante el 2026,
será indispensable ir más allá de la cifra de homicidios y seguir de cerca al
menos cinco indicadores:
a)
Concentración territorial de la violencia.
No solo cuántos asesinatos hay, sino en cuántos municipios se concentran y qué
tan sostenidos son los picos de violencia.
b)
Extorsión y delitos patrimoniales. Son el
termómetro más directo de la vida cotidiana de comercios, transportistas y
familias. Si estos delitos no bajan, difícilmente la ciudadanía sentirá
mejoras.
c)
Desapariciones y hallazgos forenses. Más
que un dato estadístico, son la prueba más cruda de la capacidad (o
incapacidad) del Estado para proteger la vida e investigar la muerte.
d)
Profesionalización policial local.
Niveles de certificación, salarios, controles internos, modelo de proximidad y
justicia cívica serán indicadores clave para saber si se está construyendo
seguridad sostenible desde abajo.
e)
Confianza ciudadana en instituciones de
seguridad y justicia. Las encuestas como ENVIPE y los ejercicios
trimestrales de percepción de seguridad del INEGI serán una brújula
indispensable.
Para cerrar
esta última colaboración del 2025, en 2026, México podrá presumir gráficas a la
baja. Pero la verdadera medida de su seguridad será otra: qué tanto se reduce
el miedo a salir de casa, a abrir un negocio, a denunciar un delito, a ser
mujer joven en un territorio disputado, a ejercer un cargo público sin
convertirse en objetivo.
La estadística
dirá una parte de la historia. El resto seguirá escribiéndose, día a día, en
las calles de los municipios donde se juega (para bien o para mal) el futuro de
la seguridad en el país.
hidalgomontes@gmail.com
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