Lo que lo mexicanos necesitamos de forma urgente es: seguridad sin política y justicia sin consignas
Por: Guillermo
Alberto Hidalgo Montes
Hace apenas
unas semanas, durante la Cumbre del G7 celebrada en Francia, el mandatario
estadounidense Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: colocar un
mensaje político en el centro de la conversación internacional. Entre
declaraciones sobre conflictos globales, comercio y seguridad, el presidente
estadounidense reiteró que el combate contra los cárteles mexicanos seguirá
siendo una prioridad estratégica para Washington. No fue una frase improvisada
ni un comentario aislado. Forma parte de una narrativa que su administración ha
venido construyendo desde hace meses y que cada vez encuentra más respaldo en
acciones concretas de las agencias estadounidenses. Situación casi calcada a
las maniobras realizadas por la administración norteamericana antes de las
conocidas acciones tomadas en Venezuela, Cuba e Irán (no lo digo yo, con una
pequeña googleada basta para que no digan que ando de hablador).
En México, sin embargo, aquellas palabras
pasaron casi desapercibidas. Quizá porque estamos acostumbrados a interpretar
los discursos de Trump únicamente desde la óptica electoral. Pero esta vez, sería
un error. Más allá del estilo confrontativo del mandatario estadounidense (que
ya todos conocemos), la política de seguridad de Estados Unidos suele enviar
señales antes de ejecutar movimientos de mayor alcance (ya se la Sanborns,
aquello de “el que avisa no es traidor”). Y cuando esas señales comienzan a
coincidir con investigaciones judiciales, sanciones financieras, procesos de
extradición y acusaciones contra integrantes del crimen organizado, conviene
prestar atención.
Ahora bien
queridos lectores, ustedes dirán: “Bueno ajá, todo muy interesante pero eso
pasó hace dos semanas, ¿eso ahora qué?” A lo que su servidor contestará: ¡Haaaaaa!
Lo que pasa es que, en las últimas semanas, también han aumentado las versiones
periodísticas, las filtraciones y los análisis que apuntan hacia una posible
colaboración de integrantes de organizaciones delincuenciales mexicanas, así
como políticos con autoridades estadounidenses (consagrando aquel dicho que
reza: “el miedo no anda en burro”). Conviene ser claros: muchas de esas
versiones permanecen sin confirmación oficial y no pueden asumirse como hechos
consumados. Sin embargo, sí existe un elemento objetivo que no admite
discusión. Durante los últimos años diversos líderes delincuenciales
extraditados a Estados Unidos (y últimamente políticos con nexos bastante
cuestionables) han optado por convertirse en testigos cooperantes,
proporcionando información a fiscales federales a cambio de beneficios
procesales. Esa práctica forma parte del sistema de justicia estadounidense y
ha permitido desmantelar organizaciones delincuenciales internacionales en
casos de narcotráfico, corrupción y delincuencia organizada (práctica que en
México conocemos como el “ayúdame a ayudarte”).
Si esa
tendencia continúa, el alcance de las investigaciones difícilmente se limitará
a los propios delincuentes. La experiencia demuestra que el interés de las
fiscalías federales estadounidenses suele dirigirse hacia las redes completas
que hicieron posible la operación de esas organizaciones: operadores
financieros, empresarios, prestanombres, funcionarios públicos y, cuando
existen elementos probatorios suficientes, actores políticos (¿ahora me
entienden por qué es relevante a estas alturas?).
No sería la
primera ocasión que ocurre. Casos como los de funcionarios mexicanos procesados
en cortes estadounidenses demuestran que Washington está dispuesto a
judicializar expedientes cuando considera que existen pruebas para hacerlo,
independientemente de las consecuencias diplomáticas. La diferencia es que hoy
la presión política parece mayor y la prioridad estratégica de combatir a la delincuencia
organizada transnacional ocupa un lugar central en la agenda de seguridad
nacional estadounidense.
Frente a ese
escenario, México tiene dos caminos. El primero consiste en esperar, como
tantas veces, a que las investigaciones extranjeras terminen exhibiendo las
debilidades de nuestras instituciones (que lamentablemente sí las tenemos). El
segundo, mucho más complejo pero también más responsable (y alentador), implica
aprovechar este momento para corregir problemas estructurales que durante
décadas han debilitado la procuración de justicia.
Quizá la
reforma más urgente no sea crear nuevas instituciones, modificar nuevamente el
organigrama gubernamental o endurecer las penas (como cada seis años ocurre).
El verdadero cambio de paradigma consiste en separar definitivamente la agenda
de seguridad de la agenda política.
Mientras las
decisiones de seguridad dependan de calendarios electorales, intereses
partidistas o cálculos de popularidad, será prácticamente imposible construir
políticas públicas, policiológicas y criminológicas de largo plazo. La
delincuencia organizada no cambia de estrategia cada tres o seis años; el
Estado tampoco debería hacerlo (pero somos bien ocurrentes y nos encanta
buscarles las patitas a las víboras).
Lo mismo
ocurre con las fiscalías. En una democracia madura (madura, no de Maduro), el
Ministerio Público no investiga para favorecer gobiernos ni para perjudicar
opositores. Investiga porque existen hechos posiblemente constitutivos de
delito. Nada más. Nada menos.
La autonomía
constitucional de las fiscalías representa un avance importante, pero la
autonomía jurídica no siempre se traduce en independencia operativa. Los
procesos de designación, los presupuestos, las permanencias en el cargo e
incluso las prioridades institucionales continúan sujetas, en muchos casos, a
presiones políticas. Mientras esa realidad no cambie, seguirá existiendo la
percepción de que algunas investigaciones avanzan y otras permanecen congeladas
dependiendo del contexto político.
Paradójicamente,
la presión internacional podría convertirse en una oportunidad para fortalecer
nuestras propias instituciones. No porque Estados Unidos deba marcar la agenda
mexicana, sino porque el costo de no hacerlo comienza a ser demasiado alto.
La cooperación
bilateral en materia de seguridad seguirá profundizándose. El tráfico de
fentanilo, el lavado de dinero, el tráfico de armas, la migración irregular y
las organizaciones delincuenciales ya no son problemas exclusivamente
nacionales. Son fenómenos transnacionales que exigen instituciones igualmente
sólidas a ambos lados de la frontera.
México
necesita demostrar que puede investigar con el mismo rigor a un integrante de
un grupo delincuencial que a cualquier servidor público, empresario o actor
político que eventualmente haya facilitado sus operaciones, siempre bajo el
principio irrenunciable del debido proceso, la presunción de inocencia, los
derechos humanos y la existencia de pruebas suficientes. Esa es precisamente la
diferencia entre un Estado de derecho y un Estado que administra coyunturas
políticas.
Las
declaraciones de Trump en el G7 probablemente pasarán pronto al archivo de los
discursos diplomáticos. Lo verdaderamente importante no será recordar lo que
dijo, sino preguntarnos por qué esas palabras parecen encajar cada vez con
mayor facilidad en un rompecabezas que lleva años construyéndose.
Tal vez la
discusión ya no sea si Estados Unidos seguirá investigando. La pregunta
verdaderamente relevante es si México decidirá fortalecer sus propias
instituciones antes de que otros continúen haciendo el trabajo que, por mandato
constitucional, corresponde a las nuestras y que por intereses de todo tipo se
obstaculizan.
hidalgomontes@gmail.com
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